Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2006.
Resumen
- 01/06/2006 11:28 - 21
- 04/06/2006 01:46 - Tópicos
- 05/06/2006 10:02 - Vero es una fiesta
- 05/06/2006 13:21 - Apostilla impublicable al baile de Vero “La India”
- 08/06/2006 11:12 - Volando vengo
- 09/06/2006 13:07 - Mi estómago y yo
- 10/06/2006 11:38 - Cristina Hoyos, el vuelo de un haiku
- 12/06/2006 12:15 - El tiempo no afecta al buen flamenco
- 13/06/2006 10:53 - Palabras
- 26/06/2006 11:03 - Desconectado
- 26/06/2006 11:17 - La mejor savia nueva en Huétor Vega
- 27/06/2006 13:22 - Programa flamenco
- 28/06/2006 10:23 - Tocando fondo
- 29/06/2006 20:11 - El matrimonio
21
Una de las bondades del autobús es esa libertad de los sentidos que, sin descuidar el paso de las paradas, me permite concentrarme en otras cosas que no sea el camino en general o la conducción en particular. Yo suelo leer, como ayer dije. Pero también, cuando no tengo lectura, no me apetece restregar mis ojos por las palabras, mi trayecto es tan corto que no me merece la pena comenzar un capítulo, voy de pie o me es incómodo sacar el libro, me dedico a observar, a pensar. (Baden Powell decía, a principios del siglo veinte, que se puede conocer a las personas por los zapatos que lleva.)
Algunos de esos momentos oníricos, como es natural, acaban en el papel, ya sea como apunte, como pensamiento, como cuento o como referencia.
Hará un par de años, yendo (o viniendo, según donde vivas) (es como la OTAN o la NATO) de Armilla a Granada, llegué a vislumbrar un curioso número veintiuno en una camiseta, que acabó en el papel. Os dejo con el apunte:
«21. La chica morena del autobús llevaba en su camiseta el número veintiuno. Su camiseta era de esas sin mangas ni tirantes que se sujetan dificultosamente sobre el pecho, incluso si se carece de él. Tal era el caso de la chica morena del autobús que me miró al entrar. Su pelo oscuro le caía sobre los hombros, todo lo ordenado que puede caer un pelo suelto, perfectamente despeinado. Al subir en el vehiculo público, la chica me miró un momento, quizá segundos o menos. Es la mirada de inercia ante lo que pensamos puede ser una novedad, y que cargamos de indiferencia cuando deducimos que su interés resulta nulo. Fijó sus ojos en mí durante un instante fugaz y los retiró antes de decir amén. Sin embargo, yo sí me fijé en ella, en su pelo moreno desordenado sobre los hombros desnudos, en su camiseta negra sin mangas ni tirantes con el número veintiuno impreso en su pecho. La chica no era especialmente guapa, aunque sí joven, sin pecho apenas. No me llamó la atención su inocente juventud, ni sus hombros descubiertos, ni su pelo descuidado, sino el número veintiuno que ocupaba gran parte del frontal de su cuerpo. Pensé que por qué ese número y no otro, creo que llegué a pensar por qué ese número y no otro, pues siempre me han llamado la atención esas arbitrariedades. Aunque es posible que no fuera puesto al azar, sino que fuera premeditado, elegido expresamente. Lo digo, porque el veintiuno era el número favorito de una chica con la que salí a los veinte años. Desconozco por qué razón había escogido este número o esta cifra (cuando un número es compuesto se podrá llamar cifra, no sé) entre la infinidad de combinaciones numéricas que existen. Quizá sea el número 21 como tal o puede que sea la combinación del dos y el uno, y en ese orden, o la suma de ambos, aunque si es así podría ser simplemente un tres. A ver, el 21 es múltiplo de siete, es decir, tres veces siete, y el siete es un número mágico: los días de la semana, los signos zodiacales... Nunca lo he sabido y nunca se lo pregunté. Así que cuando cumplí veintiuno, me sentí algo privilegiado, especialmente admirado, querido. Pero cuando yo cumplí veintiuno, ella estaba con otro de diecinueve.»
Tópicos
El espacio teutón al que me refiero, era un programa de videos musicales, presentado por dos tipos con los pelos de colores, tatuajes en los brazos y “piercing” en la cara, que introducían los video-clip mientras hacían comentarios hilarantes (lo que deduje porque se reían bastante entre ellos).
En ese momento, llegué a preguntarme: cómo podían tener gracia los alemanes. El sentido del humor necesita un clima atmosférico más benigno, un idioma menos gutural y gentes más llanas, no tan cuadriculadas, no tan marciales. Fíjense el humor inglés —en medio entre centroeuropeos y mediterráneos— es negro y casi sin palabras (y, a veces, casi sin gracia). Pero fue precisamente Nietszche, un alemán, quien se cuestionaba: “si los que cantan son felices, por qué cantan los rusos". Tampoco entendía que un pueblo subyugado podía ser feliz. Pero, por lo que a mí me consta, los rusos son muy cantarines (si no que se lo pregunten a mi amigo Andrei Smirnov).
Si atendemos a tópicos y generalizamos entre las naciones o los lugares, cometemos una injusticia con un principio que se podría titular: “biodiversidad individualizada”.
Si no pensamos en todas estas diferencias infinitas, creeremos que nadie trabaja más que un chino ni lo pasa peor que un negro ni es más celoso que un moro ni es mas orgulloso que un siciliano ni es más puntual que un ingles ni tiene más mala follá que un granadino.
Nada más lejos de la realidad, aunque ejemplos los hay. Y no hay nada como la fama y echarse a dormir.
Vero es una fiesta

Si quieren ver a una bailaora de raigambre, de raíz sacromontana, a una gitana arrebatada, pura fuerza y pasión, no dejen de ver a Verónica “La india”, si aún no lo han hecho. El sábado, esta joven artista (1983) de la familia de los Fernández del Sacromonte, nos dejó un inmejorable sabor a tierra y a fuego. Fue toda belleza y tensión, entrega y paladar. Gitanas como ésta serían las que embrujaran a los viajeros románticos del XIX y principios del XX.
Su primera propuesta fueron unas romeras, hermana de las alegrías, donde Vero mostró su sangre y su manera visceral de abordar el flamenco. Su poderío en el escenario sólo es superado por ella misma. Hemos visto bailaoras con el mismo brío, que se dejan la piel en cada tercio, que cogen el toro por los cuernos, pero pocas que trasmitan tanto como La India, con un sólo gesto, con un taconeo, con un giro de muñeca. Porque Verónica es una bailaora completa: piernas, brazos, cintura, expresión y un cuerpo que la acompaña. Arropada por un cuadro de excepción, sabe llevar el baile y dosificar su talento.
Un solo de guitarra en forma de rondeñas, interpretado con duende por Manuel Carmona, hijo del Nene de Santa Fe, en el que se acordó del maestro Paco, y unas mineras cantadas por Juan Ángel Tirado, uno de nuestros mejores exponentes del cante de atrás, sirvieron para que la bailaora se cambiara de vestido y, con fuerzas renovadas, nos entregara unas de esas soleás por bulerías que cortan el aliento, uno de esos bailes de bruja pasión que condenan al mejor peinado a escapar de su celda de horquillas y a los claveles a estrellarse violentos en el piso.
Como fin de fiesta un poquito por bulerías que comenzó bailando La Paquera, su madre y maestra primigenia, y remató ella, Verónica, con la misma tónica a la que nos tenía acostumbrados.
Apostilla impublicable al baile de Vero “La India”
Tenemos que agradecerle a la moda muchas de sus propuestas, a la vez que sufrir algunos otros de sus designios. Según Dalí en el “Diario de un genio” (Tusquets, 1996) la moda es lo que pasa de moda (opinión impepinable que dudo que él apreciara por primera vez). Este reinado efímero, este mandato pasajero, por lo aducido en un principio, está bien y está mal. Como es lógico, se echan de menos las propuestas bellas, cómodas y asequibles del estilo; y, por otro lado, se aplaude el destierro de la horterada, el agobio y lo antiestético, que, no siendo muy sagaces, oteando la historia de la moda, la alta o la baja costura, podemos reconocer.
El pantalón femenino fue un gran acierto y un acto de justicia. La falda masculina aún no ha cuajado. La minifalda fue un regalo cargado de libertad. La falda sobre el pantalón es aborrecible y las medias de colores un atentado contra el buen gusto. Los bolsos para hombre, las llamadas “mariconas”, son tan catetos como los cojines en el asiento del coche.
Para mí, que me considero un buen “estalker”, hubo una alternativa apoteósica en la vestimenta de invierno de las jóvenes de hace unos cuantos años. Ésta consistía en la combinación de calzas y minifalda, dejando entrever un trocito de muslo entre ambas prendas. No sólo reconozco que fue una propuesta hermosa, sino que significó el culmen del erotismo concentrado tras varias generaciones de tanteo provocador. La franja de pierna que se mostraba entre los tejidos supuso una nueva adscripción a mi selecta lista del fetiche femenino, tan sólo igualada por el botón de la sensualidad que representa el ombligo.
Fue una vuelta de tuerca del erotismo en el vestir. Fue la sustitución inversa a los infinitos desvelos lúbricos que ha producido la liga (y su extensión en el liguero) a lo largo de los siglos. Mientras la liga se muestra como cinta elástica con que se sujetan las medias (injustamente sustituidas por los feos, asexuados y funcionales pantys, según Cela), el muslo entre calza y mini aparece fresco y desnudo cuando el resto se solapa al ojo del paseante.
Las ligas fueron puestas de moda (lo que afirmó indubitablemente Sherlock Holmes en una de sus historias apócrifas) por Alicia de Salisbury. La crónica cuenta que en una gran fiesta a la que acudió la condesa en 1345 y siendo pareja de baile de Eduardo III de Inglaterra, le resbaló pantorrilla abajo una de sus ligas. El rey prontamente la recogió y, para evita susceptibilidades y comentarios aviesos de sus cortesanos, fundó allí mismo la Orden de la Jarretera, demostrando así la pureza de sus intenciones. Esa caballeresca orden tuvo por divisa una liga y por lema la frase: Honni soit qui mal y pense. La liga de Alicia fue depositada a la sazón en el British Museum, de allí fue robada por Mortimer, el acervo enemigo de Holmes, quien la recuperó, reafirmando la autenticidad de la leyenda.
Según Joan Perucho, sin embargo, ya existían las ligas mucho antes del nacimiento de Alicia de Salisbury bajo el nombre, según los países, de senogildes o genogildes, ligagambas, cinyells de cuixa, atapiernas, apretaderas, jarretières, etc.
De su acepción castellana, también nos ilustra el erudito catalán con estos versos:
Soltó Inés con mano breve
las finas apretaderas,
para descubrir la nieve
de sus piernas hechiceras
Alphonsine Plesis, la conocida comtesse de Perregaux (1824-1847), la Dame aux camelias, regalaba a sus amantes ligas con la inscripción bordada del nombre y la fecha de su relación amorosa.
Verónica “La India”, en su arrebatador baile del sábado, alzaba sus volantes, más en la soleá que en las romeras, enseñando con toda la maldad de la nínfula de Navocov, unas hipnóticas ligas negras que fijaban el punto inflexible donde el cielo se junta con la tierra viciada.
Volando vengo

La verdad, nadie me lo ha preguntado, pero deseo exponer en breve de qué viene el titulillo de mi blog. (Puede que no interese. Entonces, hemos acabado.) En caso contrario, diré que no hay que profundizar demasiado para colegir que proviene de la rumba "Volando voy" que compuso Kiko Veneno e incluyó Camarón en su disco La Leyenda del Tiempo de 1979 y fue una constante en su repertorio. Al tiempo, la grabó el mismo Kiko en Puro Veneno (1998) y se ha convertido en todo un himno, en una declaración de intenciones que propugna una manera de vivir. Es un clásico. Rompió moldes y aún se inserta en las letrillas de los flamencos, sobre todo por tangos o rumbas.
Yo no estoy de vuelta, como se puede pensar. Pero siento más fácil volver en digno vuelo que avanzar alado. Después esta Baudelaire que sentenció en Mi corazón al desnudo y otros papeles íntimos, el 23 de enero de 1862 (un siglo antes de que yo naciera): "he sufrido una singular existencia: he sentido pasar sobre mí el viento del ala de la imbecilidad".
Os dejo con una letra tan simple como inmensa.
Volando Voy
Volando voy, volando vengo.
Por el camino yo me entretengo.
Enamorao de la vida aunque a veces duela
si tengo frío busco candela.
Señoras y señores sepan ustedes,
que la flor de la noche es pa' quien la merece.
Enamorao de la vida aunque a veces duela
yo no sé quién soy ni lo pretendiera.
Porque a mi me va mucho la marcha tropical,
y los cariños en la frontera, me van.
(todos los versos se repiten como si fuese un responsorio).
Mi estómago y yo
Hoy he pasado mala noche. Además de por mi niño que me despierta alarmado por su insomnio o porque habla dormido (como su padre) (por eso buscaba todas mis novias con el mismo nombre), mi estómago a veces dice que el sur también existe sin necesidad de aterrizar en los países bajos. Parece que no, pero llevamos toda la vida conviviendo juntos y aún no nos entendemos. Lo he pasado mal por los abusos y por mi mala cabeza. Hasta llegué a hacerme una endoscopia (que es lo más parecido a una violación bucal que conozco), pero nada: no tengo ni gastritis, ni una pequeña úlcera (Juan Pérez presume de padecer once úlceras). Es tremendo. Tan sólo tengo el "estómago vago", o sea, en huelga de jugos caidos. Una lata. Después, llegamos a un pacto de no agresión: yo no me paso mucho y él me deja vivir. Y, a veces, lo logramos. Pero hay días en que se acuesta gallito y dice aquí estoy yo y se me quiere salir por la boca. Yo le echo manzanilla, sopitas o pechuga de pollo sin gripe. Pero mi estómago, más ácido que nunca, mira hacia arriba y me recuerda que debía haber prevenido y no estaría como estoy. La conclusión simplemente viene como las almorranas: sufrir en silencio. Groog. (Perdón por el erupto.)
Así que no me apetece ni adentrarme en este blog. Pero sí, me lo impongo como castigo y propósito de enmienda. Comparto una de mis debilidades y prometo no comer demasiada grasa, no comer demasiados fritos, no comer demasiado. Me comprometo a beber menos cerveza, a no mezclar, a vindicar la existencia del agua.
Valga este apunte para pasar un día con más pena que goria.
Cristina Hoyos, el vuelo de un haiku

Octavio Paz nos comentaba acerca del haiku, ese poemita de tradición japonesa que consta de dos versos pentasílabos que encierran a oto heptasílabo, que su comienzo es el silencio, la calma, el vacío, mientras que el segundo verso es lo contrario, el ruido, la estridencia, la luz, para desembocar en su efecto, en la huella que el grito deja en la noche o la estela que el reactor dibuja en el espacio.
Como un haiku, Cristina Hoyos, nos propone un “Viaje al Sur” con tres movimientos bien definidos. La alegría y la tragedia se funden para engendrar la pasión. El Sur es eso, puro arrebato entre risas y dolor, entre fiesta y quejío. El Sur es rojo, pero también es blanco y es negro en sus entrañas.
Las palabras de Luis Cernuda, recitadas por la misma Cristina, introducen cada una de las partes. Las primeras letras del poeta, encerradas en melodía de vals, dan paso a la apoteósica presentación. El escenario, lleno de luz y alegría, rebosa frescura. Unas acuarelas proyectadas en su fondo, con motivos naturales, ayudan a componer el sentimiento y unas maletas indican la necesidad del viaje, la necesidad de regresar al sur. Un velo blanco, que después será negro para terminar rojo, cae al piso del escenario alumbrando el espíritu abierto que nos cautiva en esa primera parte, en la que sobresale un vestuario crudo, que nos trasporta a otros tiempos, a otros lugares. El cuadro de atrás sostiene a la perfección toda la trama y una cantaora, Reyes Martín, con pellizco gitano, hace las delicias del más exigente. La música no descansa y un tema se imbrica a otro como parte de un mismo sueño. De la guajira pasamos al zapateado y de éste a las alegrías, quizá demasiado largas, que termina bailando con sabia maestría El Junco que, de vez en vez, se le reconocen guiños a Mario Maya.
El segundo tiempo, como el primero, lo introduce la maestra con bata de cola negra bailando por soleá. Su juego de brazos es exquisito y la pose a destacar, pero ya no responde como antes, parece un paréntesis dentro de la obra en su conjunto, a veces fuera de lugar. El negro se impone en la tragedia y el cuerpo de baile comulga con la soleá por bulerías, con la toná y con las serranas.
Con la pasión terminan los momentos propuestos. El rojo de la sangre, el rojo del fuego, nace con la fuerza del poema “Gracias a la vida”, de Violeta Parra, que es cantado por bulerías con todo el arte que destila Reyes Martín. El escenario es una fiesta, pero ya no tan inocente como al principio, más madura y desairada. Una soleá por bulerías, bailada dos a dos con ayuda de las mesas, nos acercan al final, que viene en forma de tangos con el éxito de Alejandro Sanz “Corazón partío”. A veces todo resulta un poco tópico. Concluye el espectáculo con un fin de fiestas por bulerías que, en coda final, nos canta el viaje de Cristina Hoyos, dejando claro que el Sur no es sólo un lugar en el espacio.
El tiempo no afecta al buen flamenco

“Dos generaciones de flamenco”, como el título nos muestra, es el espectáculo concebido por la saga flamenca del Colorao, padre e hijo, que hacen un recorrido, un mano a mano, por algunos de los cantes más representativos. La idea sería dar una prueba fehaciente de la evolución de este arte a través de los años. Sin embargo, mi primera constatación y motivo de alegría es que este cambio generacional no es tan pronunciado. El flamenco sigue siendo el flamenco y la jondura no tiene por qué variar de un momento a otro. O sea, que estamos de enhorabuena y las únicas diferencias que apreciamos son melismáticas, de facultades personales y de experiencia. Antonio Gómez con la voz más hecha y Sergio con un gusto exquisito mecen los cantes para darnos un panorama amplio, quizá demasiado amplio (duró tres horas), del flamenco. Seguramente las grandes diferencias se aprecien en el toque y no en el cante. José María Ortiz, que acompaña a Antonio Gómez, tiene una guitarra más de estómago, más de pellizco, mientras Rubén Campos es un tocaor más cerebral, que rasga el sentimiento.
Comienzan por martinetes interpretados al alimón. Continúan con una buena muestra de soleares, de las que se recogen más de medio centenar de estilos. De ahí su largura. La farruca se escucha preciosista en las manos de los jóvenes y en las seguiriyas, sin duda, vence la experiencia. El público mayor se inclina más por el padre.
La segunda parte es más festera. Comienzan los tangos de Graná, que del camino van al cerro y viceversa. Por Huelva se crecen los Coloraos y el público responde, para romperse seguidamente por alegrías. Bien por los dos en los cantes de levante. Y cierran la velada (aunque eran las tres del mediodía) con la balada flamenca “Mi mama”, con aires de tangos, que Antonio Colorao ha grabado recientemente en su disco “Mis raíces”.
Al final de cada parte, como animación y para completar la oferta de esta quinta muestra de Flamenco Mayor, se ofrece un poquito de baile con brío y soltura de la mano de El Moreno y La Repompa.
Notas marginales no publicadas
Primero.- Antonio Colorao es un cantaor profundo y sabio. Sus seguiriyas, aparte de Morente, son las mejores de Andalucía oriental. Es un poco suyo, algo cerrado y celoso de su arte. Una visión más amplia y maleable le habrían llevado más lejos.
Segundo.- Sergio no tuvo un buen día. Es la sombra de su padre. Adquiere el enciclopedismo de éste con su frescura y actualidad. Tiene un gran gusto cantando, pero debe abandonar el ala paterna y navegar por otros ríos. Debe renovar sus letras, sobre todo. Leer poesía.
Tercero.- José María, además de un gran amigo, tiene una técnica envidiable y una apreciada intuición, es uno de los mejores tocaores de acompañamiento del momento. Es humilde y buena persona. Su toque, como dije, es telúrico (aunque a Vargas Llosa no le guste la palabra), espermático. Sus puros nervios le hacen estallar en momentos sublimes.
Cuarto.- Rubén Campos pertenece al otro gran grupo de los tocaores de Granada: la escuela de los estudiosos. Tienen, quizá menos pellizco, pero miran como ninguno a las estrellas. Mientras que los tocaores viscerales sólo perfeccionarán, grosso modo, lo que ya saben hacer, los guitarristas cerebrales se expandirán como el aceite en el arte de las seis cuerdas.
Quinto.- El Moreno lleva el ritmo metido en la sangre. Es pura fibra, control y furia. Es un gran percusionista y un excelente bailaor que, en momentos, recuerda a los farruco pero, gracias al cielo, deja sobresalir su lado femenino.
Sexto.- La Repompa tiene un baile manido. Correcto, pero con poca enjundia. Lamentablemente su cuerpo tampoco la acompaña. Siendo guapa, como es, para ser una bailaora joven está más gruesa de la cuenta. Siento que parece un globo en el escenario (llevadme la contraria, por favor).
Séptimo.- Rafaela Gómez es la madre de El Moreno, a quien le cantó para su baile por alegrías. Junto con Sara Heredia, es la mejor cantaora de atrás que tenemos en Granada. Su pellizco gitano es una gozada y su forma de jalear única. Imprescindible para la fiesta. También sabe bailar.
* La foto es de Antonia Ortega en el mismo espectáculo que hace un año representaron en el Centro Cívico del Zaidín.
Palabras
A nadie hay que convencer de que vivimos la edad de oro de las comunicaciones. Quizá sea el principio, pero la información es el pan nuestro diario. A los periódicos, con doscientos de existencia, y los cientos de revistas que los acompañan; la radio, desde comienzos del siglo XX, y la televisión, un poco más adelante, hay que añadir ahora la autopista de la información, los ordenadores, las enciclopedias electrónicas, internet y los blog.
Nunca como ahora se ha escrito tanto, nunca hemos tenido tan al alcance de la mano cualquier noticia que se produzca en cualquier punto del globo. Nunca hemos sido tan alfabetos. Conocemos y entendemos de todo. La cultura es general y es popular. Somos aficionados de muchas cosas, algunas de ellas de dudoso valor, pero maestrillos de poco. Aunque los pensadores opinan lo contrario: encasillados en un sistema de especialización, cada vez sabemos más de menos, cada vez dominamos casi todo de casi nada.
Salvando esta marginalidad, razonable por otro lado, el hombre de a pie esta superinformado. Se puede decir que hay “ruido informativo” (que en el mundo de la comunicación quiere decir que hay un exceso de noticias). Sobran palabras. Se escribe demasiado, pero se habla más.
Hace tiempo asistí a una obra de teatro, donde la protagonista medía sus palabras con una cinta métrica. Al final de la obra habría hablado metros y metros de palabras. Pero las palabras se las lleva el viento, según dicen. Sin embargo, cuando se pronuncian estas palabras ocupan un espacio. Una letrilla flamenca habla que una mala lengua es más peligrosa que un verdugo, pues un verdugo mata a un hombre y una mala lengua a muchos.
En realidad, a donde quiero ir a parar es a la importancia que tiene la palabra en sí. El avance del habla ha jalonado la historia de la humanidad desde sus comienzos. Quizá la facultad de hablar sea lo que nos separó definitivamente del reino animal y nos hizo racionales, la segunda articulación del lenguaje nos impusó a unirnos en sociedades y dominar el medio. El origen de la escritura nos envolvió en la historia, abandonando el siempre balbuceante hombre primitivo. La invención de la imprenta marcó el final del oscuro medievo. La popularización de las comunicaciones: el teléfono, la radio, el ordenador, el móvil, internet, la televisión... nos hacen concebir el mundo como más cercano, como más nuestro.
Desconectado
Cientos, miles de personas, incluyéndome entre ellos, buscan, buscamos, los trabajos discográficos de nuestros héroes musicales que, bajo el calificativo de Unplugged, lanzan sus trabajos más sinceros al mercado. Esto es 'desconectado'. Autores o grupos que graban sus éxitos, normarmente en directo, sin ningún apoyo electrónico. O sea, tan sólo, generalmente, con la desnudez de una guitarra acústica y el sonido elemental de su voz. Así podemos coleccionar estos desconectados que verdaderamente acarician los oídos de sus incondicionales. Grupos como The Rolling Stones, Bob Dylan, Eric Clapton, Björk, Nirvana o Bruce Springsteen, entre muchos, han impresionado sus acústicos.
Por razones muy diferentes, yo me he encontrado desconectado y no es que haya sido un grato concierto. Me explico, hace unas dos semanas, intentando conectar la cámara de fotos para descargarla, el ordenador no la detectaba. Probé otro puerto USB, sin ningún éxito. El escáner, que tiene esta misma conexión, tampoco iba, y el módem igualmente dejó de funcionar. Llevo mi ordenador al técnico y comienza a operar. Es más grave de lo que yo pensaba. Los puertos USB no iban, posiblemente porque en ventilador se atoraba. Cambian el ventilador y el aparato, como una vaca muda, no dice ni 'mu'. Hay que cambiar la placa entera (la placa madre). Una bromita de treinta y tantos euros y, lo que es peor, cerca de dos semanas sin tener acceso a la bolgosfera.
Existe, como dice Hueso, una cierta dependencia. No sólo al blog o a internet, sino a la máquina en sí. Soy un enfermo y me llamo Jorge. Reconozco que sin ordenador me falta algo, soy más vulnerable, padezco ansiedad... Soy adicto a los ordenadores desde que aparecieron los primeros discos duros, de apenas 80 megas, la pantallita verde fosforecente y los ratones eran tan sólo roedores. Me he acostumbrado a usar la computadora como un ciego a su lazarillo, no sólo para escribir, sino también para pensar y para guardar lo pensado. O sea, que mi ordenador se ha convertido en la prolongación de mis apéndices más racionales. Al ordenador le debo, en gran parte, pérdida de visión y, me temo que, la pérdida alarmante de memoria por desuso, según la teora de Darwin). Lamentablemente parte de mis neuronas las guardo en esta 'caja inteligente' (en contra de la 'caja tonta' que es la televisión) y la memoria que puedo almacenar en la RAM la libero de mi cabeza. Es algo así como el móvil. ¿Para qué vamos a recordar tantos teléfonos, incluso los más íntimos, si se guardan en la tarjeta de nuestro teléfono?
Por eso he descuidado las notas con las que bombardeo el correo de algunos amigos. Por eso algunos habéis desayunado en otros foros, obligados a cambiar de menú. Por eso se me han quedado en el tintero al menos diez historias que compartir. Por eso intentaré recuperar algunas ideas en los días siguientes.
Por eso, aquí estoy de nuevo.
La mejor savia nueva en Huétor Vega

El sábado 24, día de San Juan, fue una jornada eminentemente flamenca, en la que los aficionados tuvimos que elegir y evaluar. Con suerte, podríamos haber asistido a un par de eventos, pues nada menos que cinco espectáculos se solapaban ese día. Por ejemplo, la II Muestra de Flamenco Joven de Huétor Vega en el bello Carmen de San Rafael, por lo que optó un servidor; el primero de los Trasnoches Flamencos del Festival de Música y Danza, que presentaba a Gema Jiménez en la cueva La Fragua, que hubiera asistido si me hubiera dado lugar; o el baile joven de Lucía Garrido, en la Chumbera.
Por segundo año consecutivo la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Huétor Vega ha convocado esta Muestra para dar a conocer a las figuras más deslumbrantes del flamenco joven de nuestra provincia. Aunque algo mejor que la primera entrega, el sonido era mediocre y el escenario de contrachapado, que afectaba negativamente al taconeo en que se basa el baile elegante de Rocío Montoya. La programación estuvo bien ajustada y el ambiente muy agradable. Un buen sabor de boca es lo que nos quedó después del Festival. En primer lugar actuó el principiante Miguel Barroso, con Vicente Márquez a la guitarra. Destaca de este cantaor de Jun su buen gusto y sentimiento, aunque aún se le ve algo inseguro. Nos cantó una mariana, unas granaínas, una soleá por derecho, unas milongas de Pepe Marchena y terminó por alegrías.
La segunda parte estuvo protagonizada por uno de nuestros mejores exponentes del flamenco actual. Aun con la voz un poco tomada, Juan Pinilla nos ofreció un flamenco de lujo, meciendo el cante, alargando los tercios y alcanzando medio tonos difíciles de escuchar entre los jóvenes. Entró sólo al escenario, para interpretar a pelo unos cantes del campo en forma de temporeras y tonás. Seguidamente, acompañado por el sentimiento hecho guitarra de Luis Mariano, el artista de Huétor Tájar nos ofreció unas malagueñas, de difícil ejecución, rematadas por fandangos de Granada, una farruca de gran sensibilidad (exquisita la guitarra), unos cantes mineros dedicados a Pepe Agudo, Presidente de la Federación de Peñas, allí presente, y con unos fandangos naturales remató su actuación.
El baile de Rocío Montoya y su grupo sirvió para cerrar cada una de las partes. Tras el cante de Barroso, unos jaleos extremeños fueron los encargados de poner el primer toque de color a la velada. Como ya he apuntado, el tablao no sonaba bien y la artista se desconcentraba. De todas formas, el baile es un conjunto, donde el taconeo es algo más. Así, la estética general y el resultado final fueron dignos de admiración. Con su apuesta arriesgada y su baile poco convencional, Rocío convence y deja con ganas. Su segundo, pase tras el cante de Pinilla, fueron unas cantiñas, en las que pudimos apreciar, aparte del baile alegre y sin complejos de Montoya, algunas falsetas de encaje de Rubén Campos. La largura de este palo acabó con una coda en la que Enrique Morente se acordaba de las hermanas de Utrera.
* La foto es de una actuación en La Chumbera
Programa flamenco
Mi atalaya privilegiada como cronista del flamenco vivo que se presenta en nuestra provincia me coloca en un lugar destacado en cuanto se trata de rellenar la agenda. Algún que otro amigo me ha interrogado sobre las previsiones de flamenco en general o la oferta concreta en un día determinado. Aparte de un recorrido flamenco que hago en la revista Acordes de flamenco, que sale esta semana y unas previsiones veraniegas que publicaré en Granada Hoy a principios de julio, deseo, creo de interés, apuntar en este blog las actividades flamencas por venir y no limitarme a colgar la crítica de un espectáculo concreto dos días despues de haberse realizado (cuando sale en el periódico).
De esta forma, y sin querer ser demasiado exhaustivo, os dejo con el programa más o menos comentado del resto de la semana (cada lunes, si puedo, anotaré el flamenco que nos aguarda).
Dentro del FEX (la Extensión del Festival de Música y Danza de Granada), tenemos a diario, desde el sábado pasado hasta el 1 de julio, un Taller de palmas que, por medio del método “Takatá”, con el que se asegura que aprenderemos a distinguir y ejecutar cada palo de manera divertida, jugando con el propio cuerpo, imparte Yolanda Maro. El Taller se imparte a las 20,00 y a las 21,00 horas. Hoy martes estará en la Plaza del Carmen, mañana en el Parque García Lorca, el jueves 29 en el Parque del Zaidín, el viernes en Plaza Nueva y el sábado, 1 de julio, en la Plaza de las Pasiegas (gratuito).
El miércoles 28, si nos vamos al fresquito, a veces extremo, del Centro de Interpretación-Museo Cuevas del Sacromonte, en el Barranco de los Negros, a las 22,00 horas, podemos presenciar “Savia Nueva”, un grupo formado por los más jóvenes exponentes de unas de las más prestigiosas sagas flamencas de Granada. A saber, al baile, siempre sembrado Benjamín Santiago “El Moreno”, hijo de Rafalín "Habichuela" y Rafaela Gómez, emparentada con los Colorao. Al cante: Raul “El Mikel” y Kiki Morente, hijo de Enrique; y a la guitarra: Juan Carmona “Habichuela Nieto”, huelga decirlo, pero es nieto de Juan Habichuela (entrada 10 euros).
El jueves 29, la oferta es más clásica. En los Jardines del Generalife, a las 22:30 horas, podremos asistir al estreno de Giselle, interpretado por el ballet clásico "Arte 369", dirigido por María Giménez, con connotaciones de flamenco (ya veremos su extensión) (entradas agotadas). Y si nos encontramos por la costa, exactamente en Motril, podremos apreciar el baile con mayúsculas de Fuensanta “La Moneta” y su grupo (ignoro el sitio, la hora y el precio).
Enmarcado en los Trasnoches del Festival, el viernes 30, en la Peña La Platería (24:00) veremos el baile elegante de Jara Heredia (no sé lo que valen los Trasnoches).
Ya en julio, el sábado, tenemos en Jardines del Generalife otro de los platos fuertes del Festival, a las 22:30 horas el Ballet Flamenco Sara Baras dará gusto a todos los paladares (agotadas las entradas). Después, a la media noche, el sevillano Marcos Flores dará buena muestra de su baile alegre y sin complejos en la Peña La Platería (Trasnoches Festival).
Para terminar, el domingo, 2 de julio, el FEX nos tiene programado , dentro de su Ciclo de cine “Los Tarantos”, una película de Rovira Beleta, que, a finales de los sesenta, rueda en los suburbios de Barcelona una versión gitana de Romeo y Julieta. Será en Plaza Nueva, a las 22,00 horas (gratuito).El lunes continuaremos con esta programación flamenca veraniega. Que la disfrutéis y que os vea.
Tocando fondo

Los artistas se quejaban, y con una buena dosis de razón, por las condiciones en las que tuvieron que actuar. Personalmente comprobé que el conglomerado, que hace las veces de tablao, aparte de no tener micrófono, era un queso de Gruyere, por los agujeros, lo que para el taconeo continuo del baile flamenco puede ser hasta peligroso. El sonido, aunque correcto, era escaso. Si la plaza se hubiera llenado en su totalidad, los decibelios se habrían perdido. De cualquier forma, me decían a su término, que ellos se entregaban tanto en un gran teatro como en una calle peatonal, pero se sentían dolidos pensando que un concierto de rock en el mismo sitio habría estado más cuidado.
Está bien llevar el flamenco a todos, pero dignificándolo como se merece, ocuparía en la apreciación colectiva el lugar que le corresponde. Y no sólo el flamenco se sentiría realizado, sino también el público, el mismo barrio de La Chana, que puede sentirse quizá discriminado. De cualquier forma, el artista debe estar por encima de las circunstancias y las condiciones externas. Y así lo demostró el joven cuadro programado por el FEX el primer día de esta semana en la Plaza de la Paz.
Como testigo de excepción, Juan Andrés Maya, a punto de marchar con el “Diálogo del Amargo” a Montparnasse, venía a apoyar a su familia. Comienza el espectáculo, a modo de presentación, con un poquito de tangos, que los tres bailaores abordan al alimón demostrando su potencial. Iván Vargas, un torbellino, el baile furioso y el brío de quien le quema el compás. Anabel Moreno, más racional y pausada, con arrebatos de poder y estampas de gran belleza. Alba Heredia, por último, la más joven (poco más de una decena de años) ha nacido para la danza. Sus alegrías son de encaje, su figura angelical y su baile está impregnado del toque diabólico de los Maya. Para reponer fuerzas, los músicos abordan en solitario unas rondeñas que suenan a monte y vergel. Rafi Heredia y Juan Ángel Tirado le dan timbre los delicados arpegios de Luis Mariano. Todo suena gitano y sabe a fiesta. Anabel baila una soleá por bulerías, destacándose como una gran promesa de la tierra. Iván, con su temperamento innato, le da vida a unas romeras en las que le hace los guiños goyescos típicos de sus mayores, recordándonos que Cádiz en las cantiñas se hermana con la capital aragonesa. Como remate de la velada, cada uno de los bailaores da una patailla por bulerías que endulza el paladar.
* Foto de archivo: Iván Vargas (me hubiera gustado poner a Anabel Moreno pero, por desgracia, no tengo foto).
El matrimonio

Hace un tiempo, no tanto como para que no lo recuerde nítidamente, Ana, mi mujer, me decía: "sacude el mantel en el patio, porque así vienen los pajaritos". Hace poco, unos días, rectificó su decisión diciéndome: "no sacudas el mantel en el patio porque vienen los pajaritos y lo ponen todo perdido". ¿Ganas de fastidiar? ¿A mí? ¿A los pajaritos? No lo creo. Pérdida del romanticismo, tampoco lo creo. Más bien es el amontonamiento de vivencias en común y la falta de tiempo: a) para limpiar; b) para disfrutar contemplando a los gorriones; c) para contemplarme a mí con qué soltura y elegancia sacudo el mantel en el patio. (Menos mal que todavía seguimos usando tela en la mesa y no el abominable hule que se impone ante el estrés de nuestros días.)
Sócrates le decía a alguno de sus discípulos: "me preguntas si debes o no casarte y yo te digo que hagas lo que hagas te arrepentirás". Gila lo expresaba así: "el matrimonio es como el metro: los que están fuera quieren entrar y los que están dentro quieren salir". ¿Es posible que el número de divorcios haya superado al número de bodas en nuestro país? Nunca el matrimonio había sido tan claramente una relación contractual. La alternativa a la medalla del amor que propuse hace mil años se hace realidad: "Hoy te quiero más que ayer y mañana ya veremos". El matrimonio ya no es eterno (aunque, lamentablemente, la muerte sigue separándolo). El amor nace, crece, se reproduce, se desinfla y muere por puro agotamiento ("Se nos fue el amor de tanto usarlo", cantaba Rocío Jurado o las hermanas de Utrera por bulerías). Aunque el amor es puro ocio, el matrimonio puede ser un negocio. Y muy rentable.
Con la igualdad de sexos los dos pueden ganar o, lo más seguro, pueden perder. Quien siempre pierde es el fruto, son los niños, y a veces las amistades que se ven forzados aelegir, que no conciben la nueva soltería, que les revienta que uno hable mal del otro o lo putee o le desee la muerte.
Un niño le pregunta a su madre: Mamá, ¿papá está en la gloria? A lo que la madre le responde: No. Papá está en el cielo, en la gloria estoy yo.
Ahora se quiere separar una pareja de homosexuales felizmente casada en cuanto el Gobierno les dio carta blanca. Se han dado cuenta que son incompatibles (¿?). Uno le pide al otro quedarse con el piso, pues él realizaba las tareas domésticas, y exige una indemnización de 8.000 euros al mes. Yo, cuando me enteré de la noticia, me eché las manos a la cabeza y empecé a buscar novio con posibles.
A Nietzsche le increparon, no sé cuándo ni a qué cuento venía, que si estaba loco. Él, con el ateísmo teutón que le caracterizaba, razonó al punto: "No, casado solamente". Huelga profundizar sobre esta anécdota que me ha salido a vuelapluma. Que si los no-vios no-ven, como la justicia, cuando se casan son numismáticos con su pareja y los lunares ya no son lunares que son verrugas y de cabecita nada: "echa el cabezón pa' ya' que se me duerme el brazo" (Gila).
Tengo dos bodas la semana que viene. Mi hermano Gustavo que el viernes se casa por segunda vez con su segunda mujer. Eso si que es tropezar con la misma piedra o poner la segunda mejilla (me gusta el argumento). El sábado se casa un primo de mi mujer con su compañera con la que ya tiene dos hijos. ¿Cuándo asistiré a un casamiento normal? O lo que no es normal es el matrimonio. Henry James decía que la pareja es una crueldad.
A mi mujer la han invitado a la despedida de soltera. Será de esas que a la novia le colocan un tocado fálico y cantan oscenidades por las calles mientra van a la sala de fiestas donde a un boys le quedan pequeños los calzoncillos. Yo no iría ni de boys (aunque si insisten...).
La última reflexión quizá para empezar a reflexionar. Si la novia va de blanco porque es pura y ese es el día más feliz de su vida, ¿por que el novio va de negro?

