Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2007.
Resumen
- 03/12/2007 18:57 - Durmiendo con su enemigo
- 07/12/2007 11:37 - La Moneta, una bailaora rotunda
- 08/12/2007 11:39 - No sólo bulerías se oyen en la Frontera
- 09/12/2007 07:18 - Manolete, poemas en el aire
- 10/12/2007 10:13 - Con olor a Navidad
- 12/12/2007 11:18 - Contar hasta diez
- 15/12/2007 12:02 - Un Festival a la deriva
- 17/12/2007 14:16 - No tengo prisa
- 18/12/2007 19:27 - Para gozar tu luz
- 21/12/2007 09:29 - Paro informático
03/12/2007
Durmiendo con su enemigo

Fernando Pessoa escribía a principios de siglo (¿1912?): Senhor, protegeme e amparame. Dáme que eu me sinta teu. Senhor, livrame de mim.
Tengo una amiga que duerme con una máscara de cuero porque se agrede mientras duerme. Amanecía con arañazos y marcas de uñas de su propia mano. Tuvo que hacerse con una máscara de cuero, tipo Hannibal Lecter, por recomendación psiquiátrica, me imagino.
Sin llegar a esos extremos, muchas veces somos nosotros mismos los que menos nos queremos. No nos cuidamos como deberíamos. Nos infravaloramos sin razón.
Una de las particularidades del éxito es estar en paz consigo mismo, ser consciente de nuestras posibilidades, estar orgullosos de nuestra persona.
Walt Whitman escribía en su eterno Hojas de hierba: "Estoy enamorado de mí, hay tantas cosas en mí que son tan deliciosas". Y Baudelaire sentenciaba: "Hay que ser sublime sin interrupción".
Es difícil, no obstante, querernos después de un revés, tras un fracaso, en la caída. Sobre todo si contemplamos la felicidad a nuestro alrededor, el éxito ajeno, la sonrisa permanente, participaciones de la perfección.
Pero, pensemos, quién nos va a querer si nosotros no nos queremos, quién será nuestro amigo si nosotros mismos somos nuestro enemigo.
Hay razones para la tristeza. Hay razones para la felicidad. Pero, nos guste o no, lo único cierto es que vamos a seguir conviviendo con nosotros el resto de nuestra vida.
(También está la cirugía estética).
(¿Y si probamos la cirugía espiritual y nos ahorramos el quirófano y una pasta importante para darnos un homenaje estas fiestas?).
07/12/2007
La Moneta, una bailaora rotunda

De entre la luna y los hombres
Nos quedamos con la rotundidad y exactitud del baile de Fuensanta La Moneta; con su frescura y entrega apasionada; completa, sin fisuras. En cuanto a la obra, de tan íntima y simbólica se pierde a veces en las entretelas de lo enigmático. De principio a fin, la bailaora ocupa el escenario, salvo un momento de vídeo casi al final de la función, sin dejar de bailar, sin dejar de trasmitir.
“De entre la luna y los hombres” es el título de un poema, que se canta por tarantas, adaptado de Teresa Gómez, que pretende resumir el sentido de todo el espectáculo. Una mujer con ella misma, y con sus sueños. Una mujer normal, una ama de casa con su camisón y su bata recogiendo una colada de sábanas blancas y pensando cómo sería su vida en otras circunstancias, con otras oportunidades. Y ella es la reina, es un hombre, una mujer de la vida… Todo ello conducido a través de la música cuidada de Miguel Iglesias y con las letras de Teresa y Ángeles Mora, adaptadas para la ocasión por Eva Durán, cantaora en escena, con su voz dura y delicada. La dirección recae en Hansel Cereza, uno de los creadores de “La Fura dels Baus”, una apuesta segura. Raúl Comba, como productor y guionista, parece que quería decir más de lo que dice en realidad.
Comienza el espectáculo con Fuensanta entre sus trapos, quieta, cuando su imaginación comienza a desbordarse, mientras se escucha en off a Jaime el Parrón cantando a capela la vindicativa bulería de Luis de la Pica. Esas bulerías que grabara su hija, Marina Heredia, en su primer disco y uno de los temas que ha superado más íntegramente el paso del tiempo. La Moneta aborda sus primeros pasos descalza y con el camisón blanco, que sólo le abandonará en dos ocasiones. Con un soneto de Ángeles, tocado por malagueñas, comienzan las fantasías de esa mujer, que se calza con las generosas rondeñas y jaberas. Esa es una característica de toda la obra: los momentos se alargan en demasía, los actos no sorprenden de tan repetidos. Aunque la parquedad del escenario, la etérea penumbra y el blanco permanente, que incide en la propuesta onírica, que hasta los músicos parecen flotar en la nebulosa de los sueños, le imprimen a la función un marchamo de desnuda autenticidad.
El sueño se alegra con una guajira bailada con abanico y con gracia. Guajira que volverá más adelante, recordándonos el carácter cíclico de nuestras ensoñaciones. Como también regresará la taranta que le da nombre al espectáculo, cantada por Eva o solas en la boca del escenario. Es el tiempo necesario para que Fuensanta aparezca vestida de hombre, con traje de pantalón y chaqueta muy corta, que, cómo no, interpreta una farruca. Quisiera ser hombre sin dejar de ser mujer, quisiera ser libre sin dejar de ser mujer, “Escucha mi deseo”.
Un solo de percusión da paso en ese momento a una coreografía virtual, donde aparecen dos imágenes proyectadas de La Moneta a ambos lados del escenario, donde se concentra todo el sentido de la obra. Las dos sentadas. En un extremo aparece una mujer inmóvil, achantada, hundida en su condición. En el otro, la misma mujer que quiere volar. Se levanta y zapatea. Quiere llamar la atención a su otra yo, pasiva y sumisa. Finalmente aparece la mujer real que sufre con la lucha de su conciencia.
Pero el sueño sigue. La fantasía llega en forma de soleá y bulerías con una falda improvisada que se anuda a la cintura. Una de sus mejores entregas, igualada tan sólo por la seguiriya final. Un paño rojo que cae a la izquierda del escenario durante todo es espectáculo, ahora cobra protagonismo. Posiblemente viene a simbolizar el estigma que acompaña a toda mujer desde su nacimiento. De él surge Fuensanta, con una bata de cola del mismo rojo de su tormento, reencontrándose consigo misma, bailando las seguiriyas que nos desarman como “Flor que se abre como una loba”.
El fin es la mujer de rojo y, a sus espaldas, tres imágenes de ella misma proyectada viéndose en el abismo de su ropa recién recogida. El espectáculo ha terminado, pero el sueño se multiplica.
*FOTO (© Nono Guirado)
08/12/2007
No sólo bulerías se oyen en la Frontera

Son de la Frontera, los únicos invitados foráneos de Granada en este Festival de Otoño, es un grupo innovador en el flamenco sin apartarse de la más estricta tradición. Enriquecen las músicas que se hacen en sus casas, en su Morón natal, la música que llevan en su corazón, con la influencia de otras músicas y otros instrumentos, en concreto el tres cubano, que dialoga con la guitarra flamenca, dándole una nueva dimensión. El tres, para entendernos, es un instrumento cubano, hijo de la guitarra española, con tres de sus cuerdas dobles, que se toca con una púa de carey, y suena más agudo. Así, Raúl Rodríguez, va alternando la guitarra con este tres cubano logrando sonidos de gran perfección y sumo gusto. El otro guitarrista del grupo es Paco de Amparo, tocaor de oficio y sobrino-nieto de Diego del Gastor, verdadero maestro de la formación y autor de la esencia de sus temas.
Es un grupo eminentemente musical, donde el cante y el baile están al servicio del sonido. Y su espectáculo “Cal”, homónimo de su segundo disco, por el que en 2006 ganaron el premio “Flamenco Hoy” por la crítica especializada al mejor álbum instrumental, representa, en palabras de Raúl, “la cal de Morón que ilumina toda Andalucía”. El cante de Moi de Morón y el baile de Pepe Torres y de Manuel Flores y el compás de todos ellos, demuestra el híbrido poderío de los flamencos de occidente.
Los de la Frontera son una agrupación festera que tienen como seña de identidad la bulería que se escucha por su tierra. Pero no sólo ofrecen bulerías. La noche del jueves, en el teatro Isabel la Católica, después de la presentación por fiesta esperada, se asomaron a Cádiz, haciendo tanguillos y alegrías, sonaron aires de levante con influencias caribeñas, vinieron a Granada, interpretando “Arabesco”, una zambra con sus lógicos sonidos moros, una de sus piezas más aplaudidas, y se fueron a La Habana, versionando ese son cubano que dice “kikiribu mandinga” (“La negra Tomasa”) de quien también hizo uso Chano Lobato.
Entre medias, una extensa soleá, bailada con arte y compás, pero sin pellizcar profundo, por Pepe Torres, tuvo una acogida tan grande como inexplicable. Para finalizar se acordaron de “los viejos maestros”, de Fernanda de Utrera, además de Diego, e hicieron bulerías. Y, por último, “La bulería de la cal” la que da nombre a toda la estructura.
Son de la Frontera han estado nominados este año a los Premios Grammy latinos.
09/12/2007
Manolete, poemas en el aire

Es increíble la buena forma, las buenas maneras, que mantiene Manolete. Parece que vuele en el escenario. Con esa delicadeza y aparente sencillez que sólo trasmiten los grandes. Es inútil, no obstante, que busquemos la energía de siempre, la flexibilidad de antaño, el equilibrio perfecto. Pero en cambio ha ganado en presencia y carisma.
Manolete se presenta con un numeroso cuadro de flamencos de renombre. El sonido impecable; los músicos en su sitio, aunque el chelo desafinara en ocasiones; el cuerpo de baile, sin embargo, dejaba mucho que desear, su descoordinación e inseguridad desvanecían la magia del maestro.
Unos fandangos de Huelva, aderezados con otras músicas, sirven de presentación a los actuantes y preludio a las seguiriyas, con martinete, que se marca el bailaor granadino. Un bastón y una silla ayudan a desperezarse, recordando su trayectoria, sus comienzos, sus más aplaudidas creaciones. En el patio, lo reciben con vítores; lo observan con oles, admiración y respeto; lo despiden con emocionada ovación. Estas seguiriyas las remata el cuadro de baile. Cuando no está perfectamente marcado, el baile es preferible que sea individual.
A continuación, otra obra maestra en forma de farruca, instrumental solamente, donde Manolete flota en el escenario. Su braceo, su juego de pies, seguro, reposado, sin emergencia alguna, hacen de él un modelo a seguir, un baile a mantener como se protege un monumento o un parque natural. Da alegría pensar que la “Furia Maya” comienza mucho después. El espectáculo del artista sacromontano es flamenco, sólo flamenco, puro flamenco. No se va por las ramas de una fusión dudosa (¿confusión?) de una vanguardia mal entendida. La novedad estriba en el momento en que se hacen las cosas, en la frescura con que se retoma el pasado, en la honestidad con que se baila, y no necesariamente en quebrar unos moldes que, la mayoría de las veces, mejor es dejarlos como están.
El chelo, impreciso, introduce unas bulerías que bailan a dos e individualmente Pol Vaquero y David Paniagua. Bulerías que culmina el maestro sentado en una silla con las guitarras sordas y el compás a su lado. Coda que da pie a las cantiñas. Las alegrías son otra lección de buen gusto, estilo y control. Claramente se demuestra cómo el baile manda en la escena. El bailaor dirige y todos están a su servicio. No siempre pasa eso. Estos aires de Cádiz son respondidos por el resto de los bailaores.
Como regalo final, un pequeño dulce, unos pasitos de baile de toda la compañía, que, en unos segundos, nos ofrecen una flor.
*FOTO: Manolete (© Paco Sánchez)
10/12/2007
Con olor a Navidad

Uno de los valores indiscutibles de Juan Andrés Maya es su carácter gremial. Cuando algo organiza o tiene cualquier oportunidad, no duda en dar cuartel e incluso protagonismo a los que le rodean. Así, “El Nacimiento” es una obra coral, que reúne a los Maya y a sus allegados, que son bastantes. La historia es tan antigua y familiar que sorprende el tópico y el anacronismo, a veces. Para hablar del nacimiento de Cristo no hay que montar un belén.
Esta obra llega después de “La Pasión”. Es más ligera y digerible. Puede que haya alguna parte más el próximo año. Todo apunta a una trilogía.
Las seguiriyas que dan comienzo al espectáculo, con los Magos bailando, impondrán la tónica de la función. Así, todos los remates son similares. Se abusa del compás por seguiriyas. Destacaremos a lo largo de la velada el baile de Moisés Navarro y de Raimundo Benítez. Otra característica a la que nos tiene acostumbrados Juan Andrés es a las voces femeninas, casi exclusivas en sus coreografías. Quizá sea casualidad.
Toda la compañía se presenta con fandangos de Huelva que pasan a ser tarantos de alabanza grupal. Iván Vargas y Alba Heredia, en los papeles de José y María, entran en escena con una balada flamenca con la letra de “Contigo” de Joaquín Sabina. Una apuesta de futuro. Cuando “María” se queda sola, escucha la voz en off de Dios anunciándole que ha sido concebida por su gracia.
Ahora se presenta Herodes (Juan Andrés), acodado en el triclinio comiendo uvas y haciendo bailar a los esclavos (Agustín Barajas y Anabel Moreno), con profuso baquetear de tambores y sonidos árabes. Finalmente, una toná acentúa su carácter.
Raquel Heredia baila unas alegrías con arte y Alba le responde. Ya no se distingue el baile de esta niña con el sus mayores. La soleá por bulerías del “carpintero” acentúa su angustia. Y un zapateado de todo el grupo da pie a otra intervención divina para decirle al bueno de José que su compañera encinta sigue virgen.
Antes de que se derrita el pastel, se le añade otra dosis de nata. Suena una alboreá y se celebra la boda. La fiesta continúa con lo que para un servidor fue el momento más auténtico de la velada, el baile por jaleos de Anabel y el de Jara Heredia.
Un llanto de niño clama al cielo. Herodes enloquece por soleares y ordena la matanza de los inocentes mientras suena un martinete. Para finalizar un espectáculo demasiado largo, todo el grupo se despide con una canción de culto, de vida y esperanza, muy a la manera de este bailaor y coreógrafo, y se marchan por el fondo del patio de butacas entre el público que aplaude en pie.
12/12/2007
Contar hasta diez

La propuesta que voy a hacer es como poco una aventura. Es un atrevimiento porque, convencido de su buena energía, no sé si yo mismo seré capaz de emprender ese camino. Además, hacerlo extensivo a un limitado número de internautas que me visitan (muchos de ellos por error), se me presenta inane y sin fuerza alguna.
De todos modos, voy a ello. Alejo Carpentier dijo en El siglo de las luces: "la revolución no se piensa, se hace". Así voy a lanzar un reto que puede parecer un paso atrás, la eyaculación interrumpida que siempre nos deja un sabor agridulce. No pretendo convencer, tal vez, quizá unicamente, ordenar algunas ideas, una intuición sauróctona que tengo desde siempre.
Todo se reduce simplemente a frenar la vida. Ser consciente de los días, con sus horas y sus minutos. Ralentizar nuestros pasos, nuestros movimientos y aun nuestros latidos. Quizá los reptiles vivan tanto por su parsimonioso respirar.
Una de las más bellas baladas del rock español es La noche en que la luna salió tarde, de 0'91. Comienza diciendo: "Me tumbé en el suelo sólo para oír crecer la hierba". Es un pensamiento budista. Puro zen. Es donde quiero ir a parar. Lü Yen decía a sus seguidores: "Si piensas en el pasado, tu yo antiguo no morirá. Si piensas en el futuro, el camino parece largo y difícil de recorrer".
Mi primo, Enrique Ortiz, publicó un libro de poesía intitulado Descubrimiento de la lentitud. Siempre me ha gustado, siempre lo he hecho mío.
Ahora, por lo visto, hay un movimiento social, nacido en Estados Unidos, que predican el "slow" (lento). Pararse, pasear, no hacer nada, huir de la prisa, del estrés, de la ansiedad, el infarto.
María, acostumbrada al ritmo de Madrid, me decía que Granada era una ciudad lenta. Puede que sí. Estamos más cerca del trópico. Estamos al lado de África. Allí el concepto del tiempo es distinto, relativo, se dilata hasta límites insoportables. Kapuscinski, imprescindible viajero, comentaba en Ébano que se pasó un día subido en un autobús en Etiopía, creo recordar, sin que éste arrancara, cuando le preguntó al conductor que cuándo partiría, le dijo sin ningún complejo que cuando estuviera lleno.
Es difícil en nuestra época. Es difícil con el ritmo de las ciudades, con el costo de la vida, con las ofertas continuas, con los trenes que pasan... Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente, se dice por estas tierras. Habría que preguntarse si no es mejor dejarse arrastrar, contar hasta diez, darle más protagonismo al azar, tirar los dados, ya que Dios no juega.
15/12/2007
Un Festival a la deriva

VIII Festival de Otoño de Granada
Encuentros Flamencos
Granada siempre ha sido una madre difícil para sus hijos. Una madre, por un lado protectora, y por el otro esquiva. Sus hijos a veces nadan contra corriente. El tremendo celo de una y otros hacen que cualquier iniciativa, si no hace agua, sea incierta su flotabilidad. Hace falta el aplauso exterior para convencernos. La cultura así, por desgracia, es más exógena que la que espontáneamente nace intramuros.
El Festival de Otoño de Granada nació en 1999 con unos objetivos muy concretos. Se celebraba en el último mes del año, cuando los circuitos nacionales de flamenco están en barbecho, así cubría un hueco en un tiempo de sequía e, indirectamente, se convertiría en un referente a tener en cuenta en el calendario andaluz de flamenco. Todo esto, no obstante, habría que reforzarlo con unos contenidos de calidad. En segundo lugar, venía a constituir una oferta más dentro del panorama turístico granadino, coincidiendo con el puente de la Inmaculada-Constitución y, más o menos, con la inauguración de la temporada de esquí. En tercer lugar, y no por citarlo lo último es menos importante, acaso más, es la promoción de la cantera flamenca de nuestra tierra, que, a finales de los 90 se vislumbraba como una de las más importantes de Andalucía, y hoy por hoy, junto con Jerez, Granada es la provincia que más tiene que decir con respecto al flamenco. Hay que aprovechar la coyuntura.
Como subtítulo de este festival rezaba “Encuentros Flamencos”, con lo que se pretendía, durante esa semana, dar cita sobre el escenario una pareja de artistas dispares o no tanto, que presentaran al público dos formas de sentir el flamenco o la misma forma desde distintos puntos de vista. A veces era un flamenco local con otro de fuera, a veces era cante y guitarra, a veces dos bailaores. Por el teatro Isabel la Católica han pasado artistas de la talla de Chano Lobato, Chocolate, Calixto Sánchez, José Menese, Manuela Carrasco, Maite Martín, Miguel Poveda, Marina Heredia, Esperanza Fernández, Eva Yerbabuena, Estrella Morente, Gerardo Núñez… cumpliendo de sobra sus objetivos. Hasta que en el año 2005 cambió la organización de estos Encuentros. En el Ayuntamiento mudó el Concejal de Cultura y el Teatro de la Zambra fue sustituido por la productora Flamenkito.com. El Festival fue decayendo en calidad, pero sobre todo en espíritu.
El fin de semana pasado acabaron los encuentros flamencos de este año, en el que ha habido ofertas puntuales a determinados artistas o montajes (tan sólo cuatro). Se ha reducido el número de artistas y actuaciones. Ha desaparecido toda la coherencia. No ha habido organizador realmente. En cambio, se ha dado paso al “yo me lo guiso y yo me lo como”, o se lo comen los granadinos, que se lo tragan todo, que están faltos de flamenco, que son incondicionales.
Se echa de menos un festival flamenco importante, con clase, a la medida de sus artistas, a la medida de sus vecinos. Se echa en falta un encuentro real entre los flamencos, con un perfil claro, para hacer de ese festival un referente distinto y necesario en el panorama nacional. Hace falta que ese festival vaya creciendo en calidad y estilo y no siga este ritmo involutivo. Hace falta, por último, un festival con que nos sintamos orgullosos los granadinos y que respalde objetivamente a los flamencos de la tierra.
¿No hay nadie que pueda coger este testigo? ¿O seguiremos viendo un festival a la deriva hasta naufragar completamente?
17/12/2007
No tengo prisa

Quien me conoce sabe que soy lento. Soy tardo en todo menos en mi pensar, que no siempre lo alcanzo. Sé que todo llega (o no): Es decir, todo lo que tiene que llegar llegará, todo lo que tiene que ser será.
No es abandonarse a un destino predefinido, sino ajustarse al devenir de la vida, dejar que la historia marque los surcos, dejar que el viento, el sol y el agua, embellezcan las arrugas. Saborear los momentos. Sorber cada rayo de sol, cada gota de lluvia, cada mota de noche.
No hay mayor tontería que morirse pronto por haber aprovechado la vida.
Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar... escribía el poeta. No forcemos la máquina. Que cada paso justifique el anterior y apoye al siguiente. Seamos más felices con nuestras huellas que ya se han grabado en la arena que al vislumbrar la meta que nos espera.
Sabemos desde hace tiempo que el norte no es un punto sino una dirección. Avancemos pues sin anteojeras y tumbémonos en la hierba de vez en cuando, al pie de un sicomoro. Vindiquemos la vida contemplativa. Se contaba de un vago que madrugaba para estar más tiempo sin hacer nada.
Hay suficiente metafísica en no pensar en nada, decía Caeiro.
No digo que perdamos el tiempo (que puede rozar el pecado), sino saborear el tiempo que es nuestro; parar la maquinaria; hacer huelga de brazos caídos; y contemplar las formas de las olas y las nubes. No hablar, no ver la tele, por supuesto, ni siquiera leer, sólo mirar por la ventanilla al paisaje que pasa y, cuando lleguemos a la última estación, comprar el billete de vuelta. Es como ponerse un día a fruta.
Un error común son las necesidades ficticias. La pirámide de Maslow se ensancha en nuestro primer mundo y sigue engordando a medida que cumplimos años, a medida que nuestro poder adquisitivo aumenta. Ya no trabajamos para vivir, vivimos para trabajar. Porque una cosa es nivel de vida y otra calidad de vida y otra intensidad de vida y otra autenticidad de vida.
18/12/2007
Para gozar tu luz

Anoche estuve en La Tertulia, uno de los rincones culturales de Granada. Hacía años que no iba. En los 80 y los 90 era asiduo. Además, alguno de mis mejores amigos trabajó allí.
Siempre encontrabas a alguien. La noche en La Tertulia podía ser mágica.
Allí se han fraguado las obras de muchos de los poetas, de los artistas en general que hay en mi tierra.
Aprecio a su dueño Tato a pesar de todo. Me aprecia él a mí a pesar de todo. Nos respetamos y nos alegra encontrarnos.
Pero no quiero hablar de La Tertulia y su paisanaje (del cual escribí una fábula en su tiempo que puede que la refleje en este blog en algún momento). Tan sólo me voy a referir a su servicio, su aseo, su excusado...
Alguien (no sé yo quién es ni nadie lo sabe) escribió en la puerta del wc de la derecha un impresionante poema que ha superado con buena salud el paso de los años y las reformas del local.
Estas puertas se saneaban y se pintaban completamente menos el recuadrito que contenía el poema.
Ahora, con desilusión, comprobé que estas puertas se ha forrado íntegramente de corcho, ocultando uno de los callados distintivos de este local.
Sobre el corcho se ha reproducido el poema que ya está algo deteriorado. Mi desilusión fue grande. Sólo me consuela saber que debajo de la cubierta de alcornoque deben mantenerse impolutos los versos originales de puño y letra de ese autor anónimo, que en futuras y sabias reformas volverán a ver la luz.
Generaciones de usuarios tertulianos, no sólo habrán leído esa poesía, sino como yo se la sabrán de memoria.
Para gozar tu luz he dado muerte a la luz de mis ojos,
he parido aguijones como toros ansiosos,
he descendido al pozo de la oscura luna,
para gozar tu luz.
21/12/2007
Paro informático
Hoy, viernes lluvioso, y sin que sirva de precedente, robo unos minutos al trabajo para anunciar que, por problemas informáticos, me veo obligado a echar la persiana a este blog durante unos días.
Son unas vacaciones obligadas, un paro informático, que, en contra del paro biológico, nada se retroalimenta, nada se recupera. Al contrario, dejaré varias ideas que mueran en mi olvido inmediato.
Quedan más cosas en el tintero que palabras vertidas.
Invertiré en esta Navidad en un nuevo equipo (aunque la pereza de ponerlo a punto es grande), esperando que para fin de año pueda aportar algunos deseos y buenas proposiciones para los nuevos días que comienzan.

