Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2007.
Resumen
- 02/07/2007 09:32 - No todo entra en el saco del flamenco
- 03/07/2007 11:05 - Luna azul
- 04/07/2007 11:06 - Mi más sincero agradecimiento
- 05/07/2007 11:08 - Veo, veo
- 06/07/2007 17:35 - Un recuerdo
- 09/07/2007 12:09 - Un clavo saca otro clavo
- 11/07/2007 12:03 - Paje, traje, dopaje, equipaje
- 12/07/2007 11:37 - Algunas citas flamencas
- 13/07/2007 17:25 - Muerte de Esquilo
- 16/07/2007 11:23 - Para abrir boca
- 16/07/2007 18:35 - Intimidaciones
- 17/07/2007 19:00 - De esta agua no beberé
- 19/07/2007 10:57 - En casa se calienta el primer carbón
- 20/07/2007 08:48 - Con un lenguaje nuevo
- 21/07/2007 09:25 - Blanca Li nos descubre el corazón de Lorca
- 23/07/2007 17:09 - Los perros no saben leer
- 24/07/2007 19:09 - Antípodas
- 25/07/2007 17:46 - Cuéntame un cuento
- 26/07/2007 12:05 - Cuando hay complicidad
- 27/07/2007 11:08 - Pellizco en la guitarra y precisión en el baile
- 29/07/2007 10:15 - María José León, entre la ortodoxia y el riesgo
- 30/07/2007 11:51 - Si me necesitas silba
No todo entra en el saco del flamenco

Festival Internacional de Música y Danza de Granada
Gala de Flamenco
Una hermosa luna azul aparecía lentamente por encima del escenario, mientras dos, tres, generaciones de bailaores mostraban lo mejor de su cosecha. Un espectáculo para la ocasión. Un puzzle incompleto del panorama flamenco que, sin embargo, por sí sólo tiene sentido. No hay argumento, no hay trama. Tan sólo verdad, tan sólo flamenco, las entrañas del artista. Quizá parezca pastiche, quizá improvisado, cogido con alfileres, pero todos los años que quedan atrás, los miles, millones de zapateados, están presentes. Merche Rodríguez Gomero, “Merche Esmeralda”, con su única presencia puede acariciar el duende y brindárselo a cualquiera que huela sus volantes. Es la que más se prodiga. En la soleá, con un generoso remate por bulerías, con bata de cola blanca y verde, muestra sus nuevos intereses; la fragua de siempre y las concesiones a la danza contemporánea. Escarceos que lleva al límite en el paso a dos, con Nani Paños, en donde el flamenco se diluye y la belleza del baile no oculta los desvaríos. Sabemos que el norte no es un punto sino una dirección, pero este paso a dos se convierte en un paso atrás y la Gala de Flamenco pasa a ser aflamencada simplemente. Máxime con la voz de Diana Navarro, acompañada del piano de Chico Valdivia, que por buenos orígenes flamencos que consten en su haber, su entrega fue coplera y difusa. Al igual que su interludio musical a capela fuera de lugar.
Más en su estilo, pudimos disfrutar de los tientos tangos, bailados al alimón con el maestro Marín. La frescura y la gracia en sus movimientos, en el juego de muñecas y de manos, no han abandonado a esta gran bailaora sevillana, aunque no se mueva como antes.
Manolo Marín es un maestro, como digo, es un veterano del baile de raíz, de sentimiento. Él no deja resquicios. Su baile es sevillano, quizás el más ortodoxo de los que pudimos contemplar la última noche de junio en los Jardines del Generalife. Al contrario que su paisana, es el que bailó menos, posiblemente porque la dirección artística recayó sobre él. No en vano es un gran coreógrafo, con bastantes y variados montajes a sus espaldas. Sus pinceladas tangueras tenían todo el sabor de un arte recuperado.
Joaquín Grilo es quizá el bailaor bisagra entre las generaciones presentadas. No abandona la ortodoxia pero sus ojos siempre buscan nuevos caminos. Es un creador, un innovador con su propio lenguaje. Lleva tantos años experimentando que de él siempre se espera un guiño, la chispa de un nuevo pellizco jerezano. Fue, junto a La Moneta y a los tientos tangos de los maestros ya mencionados, el protagonista de la segunda parte, para mí la verdadera gala flamenca, el sincero espectáculo que esperaba encontrar.
Joaquín puso por alegrías de manifiesto su elegancia, su sentido del compás y su moderada comicidad. Su cuerpo se desencaja, se distorsiona, para volverse a componer, mientras sus pies elaboran un zapateado preciso, que reluce sobremanera en sus escobillas sin acompañamiento musical, si acaso tan sólo con el croar de las ranas nocturnas a lo lejos.
Fuensanta La Moneta fue la encargada de abrir esta lujosa segunda parte, que vino tras un descanso desmesurado, con unas seguiriyas que no dejan indiferente, quizá demasiado largas. Es su sello de presentación, es su plato fuerte, es el origen y el presente de una bailaora que no dudo en llamar nuestra esperanza blanca. Fuensanta está llena de fuerza y de sabor. Es completa y virtuosa, de pies limpios e imagen evocadora. Siendo la más joven del grupo, demostró con creces cómo se puede ser diferente, cómo arder con otro fuego sin renunciar a las mismas ascuas. La Moneta es una de las elegidas para participar el próximo mes de septiembre en la Bienal de Málaga.
Nani Paños se limitó a acompañar a Merche en el paso a dos del principio. Su baile está íntimamente ligado a la danza clásica. Los giros y tirabuzones, infrecuentes en el flamenco, con naturalidad los incorpora a su entrega, no sin algunos desequilibrios en sus peripecias y rodilla al suelo. Su baile es marcial, algo frío y encorsetado. Tiempo tuvo de lucir sus cabriolas, aunque gozara de un impecable zapateado, en el martinete, que sirvió para que cada actuante expusiera sus credenciales y en un programado fin de fiestas por bulerías.
* EN LA FOTO: Merche Esmeralda
Luna azul

“Blue moon of Kentucky keep on shining shine on the one that's gone and left me blue…”. Recuerdo oír esta balada country, un clásico de Hank Locklin, en un disco doble (“Sesión de banyo de París”) que compré a principios de los 80. (Versionada por famosos cantantes como Billie Holiday, Frank Sinatra, Ella Fitzgerald, Louis Armstrong, Bob Dylan, Elvis…).
Nunca me he preocupado demasiado de las letras de las canciones (el flamenco es otra cosa), y menos cuando no son en español.
Hasta que una traducción, en forma de poema, llegaba a mis manos. Hasta que una sentencia poderosa saltaba a mi cara. Hasta que su espíritu me conmovía y me llamaba como un extraño paralelismo, como si lo que oyera en realidad lo estuviera pensando, como si cada una de las frases, de los sentimientos fuesen míos.
Hoy, es decir ayer o anteayer, descubrí las lunas azules, gracias a la noticia de una revista de divulgación.
Resulta que una Luna Azul es la segunda luna llena que aparece durante un mes. Normalmente los meses tienen solamente una luna llena, cada 29 días (la mayoría de los meses, salvo febrero, tienen 30 ó 31 días de duración), pero ocasionalmente se cuela una segunda. Así, es posible contemplar dos lunas llenas en un mismo mes. Esto sucede, en promedio, cada dos años y medio.
El sábado, 30 de junio, fue la segunda luna llena del mes. O sea, una luna azul. No es que sea azul literalmente, de hecho muestra un color gris perla, como siempre. Sólo que se conoce de esa manera.
Es lo popularmente admitido. Aunque, más exactamente, es la décimo tercera luna en un año. Me explico, el calendario lunar (que influye en las mareas, en el cuerpo y en las emociones, por ejemplo) es el que determina la ubicación de las fiestas en el calendario católico, así que una luna llena adicional desencajaba estas cuentas.
Cuando la luna aparecía llena trece veces en un año, se consideraba una circunstancia muy desafortunada, en especial por parte de los monjes que tenían a su cargo la elaboración del calendario (de hecho, la luna azul está asociada a algunos fenómenos y acontecimientos extraordinarios).
De esta forma, era necesario la creación de un calendario de trece meses para el año de sendas lunas, y eso distorsionaba la disposición habitual de las fiestas religiosas. Por esta razón el trece pasó a ser considerado un número de mala suerte.
* Kostian Iftica obtuvo una luna azul utilizando un filtro de este color.
Mi más sincero agradecimiento

Una de las bondades del idioma, al menos del español, es su versatilidad tonal. Digo, que a veces el tono empleado nos evita más de una coletilla superflua. Por ejemplo cuando pedimos un vaso de agua, por poner, con un tono lastimero: me podría poner un vaso de agua, es como si añadiéramos un por favor, sin necesidad de expresarlo.
En este sentido, hay palabras que ya son definitivas, como gracias. Se admite muchas gracias, pero gracias sinceras, es como si existieran agradecimientos falsos, que no fuesen de verdadera intención, lo cual contradice el término, la expresión y sobre todo el sentimiento. Además, dice poco de nuestra persona (si alguien acostumbra a darme las gracias sinceras y en algún momento me manda sólo las gracias, permítanme que sospeche de sus intenciones).
Rizar el rizo sería decir mi más sincero agradecimiento. O sea que tiene agradecimientos pequeños (o en poca cantidad) y agradecimientos enormes y colectivos. Curioso, no obstante.
Admitamos, como he dicho anteriormente, las muchas gracias, como frase hecha (el very thank you anglosajón), pero detengámonos en la soera prudencia. Con gracias basta y sobra, que a buen entendedor...
Este pequeño atentado puede enmarcarse en lo que yo llamo superlativísimo, del que hablaré más adelante, en otra entrada, en otro momento.
Veo, veo

Mi hijo me sorprendió hace unos días jugando al veo, veo. Lo aprendería en el colegio, supongo. Pero en vez de recitar la cantinela tradicional, entona la versión que Teresa Rabal popularizó para la infancia.
Así no ve una cosa, sino una cosita. Y yo le tengo que preguntar, con el mismo soniquete, ... y qué cosita es. Pero el juego es igual. Aunque algo surrealista con un chiquillo de tres años.
Todas sus palabras empiezan por "u". Y la respuesta es: "una pelota" o "un coche" o "una lámpara".
Un recuerdo

Mi familia es bien corta. La familia directa. lo que se viene en llamar consanguinidad de primer y de segundo grado.
No sólo corta, sino también distante. Por la distancia, la palabra lo dice. También por el espacio (por el espacio eterno) (aunque suele morboso).
Son familiares que a veces se cruzan en tu mente y te dejan una estela de dulzura o ansiedad o las dos cosas.
Ayer, con mi padre, recordamos una anécdota de mi tío Nico. El hermano mayor de mi predecesor. Grande en todos los aspectos. Ancho de hombros y de casi dos metros de envergadura, con un gran bigote, en mis recuerdos infantiles, un gigante bueno.
Resulta que en un tiempo fue picador. En Motril se organizó una corrida en la que él participaba, con tan mala fortuna, que le metió la pica al toro por el ojo. O sea, que desgració al toro y por ende la corrida y parte del festejo local.
No hay que explicar la reacción del público. Lo iban a linchar. Así que el apoderado, de tapadillo, le puso la capa del torero sobre los hombros, como única vestimenta por encima del traje de luces, y le aconsejó que tomara un taxi y que abandonara el pueblo lo más rápidamente posible, que los motrileños cuando se les provoca... (y cuando no, pensaría mi tío).
Así que, antes de decir amén, cogió ese taxi y salió por patas del olor de la plaza.
Pero, resulta, que ese mismo día, por los mismos motivos patronales, el arzobispo visitaba la ciudad costera.
Al ver a mi tío dentro del taxi con la estola roja y el sombrero dorado en la cabeza, los lugareños empezaron a aplaudirlo y a ovacionarlo como si fuese el prelado.
Mi tío Nico, no pudo más que adoptar el papel y sonreír mientras saludaba quedamente al gentío, hasta que el taxi desapareció del pueblo, dejando a sus habitantes, como poco, algo desconcertados.
Al finalizar nuestro recuerdo, mi padre me dijo que no me lo creyera, que el tío Nico, como los viejos flamencos, era muy mentiroso. Para mí, sin embargo, mi tío fue picador y desgració un toro en la plaza de Motril y lo confundieron con el arzobispo.
Un clavo saca otro clavo

Festival Internacional de Música y Danza de Granada
La francesa
Un clavo saca otro clavo. Es como decir que no hay mejor que el tópico para acabar con los tópicos. La francesa es una obra milimetrada, que pone sus ojos más allá del flamenco, el ortodoxo y el experimental. Con un inteligente andamiaje construye Israel Galván cinco coreografías para su hermana Pastora. Los cinco actos, con sus correspondientes interludios, están basados en el mito de la “mujer fatal” española, tal y como lo concibieron los soñadores franceses. Así, la leyenda destaca a la Carmen de Mérimée a La mujer y el pelele de Pierre Louys o a La maja y el torero de Gautier. Estereotipos tan enraizados que las mismas españolas se lo creyeron y tendían a semejar sus vidas a esas heroínas, como quien lee el horóscopo para saber cómo debe comportarse.Pero no queda ahí la cosa. En tratándose de Francia y su relación con el país vecino, que somos nosotros, todo son patrones. El viajero galo que recorre la Península exalta el folklore, a los gitanos, a la Semana Santa y a los toros; los músicos de la época ponen sus ojos en España para crear su obra, léase Bizet, Rabel o Debussy. Pinceladas históricas como la resistencia navarra o gaditana frente a las tropas de Napoleón, germen primigenio de las alegrías de Cádiz. Y tantos tópicos…
Todo eso se une a la actualidad, a la sonrisa de medio lado, a la migración, a los franceses españoles y a los españoles franceses, a la vecindad, a la Comunidad Europea, al mercado del fútbol y al trasiego de galácticos, y a José el Francés cantando Fuera de mí ya no quiero tu querer….
Pastora Galván se pone en el papel de La francesa y se empapa de varios siglos de interacción. Nacida flamenca, con una trayectoria flamenca y unos precedentes de los más añejos, Pastora colabora con su hermano, y con ese exquisito compositor catalán de Sevilla llamado Pedro Sierra, para romper moldes y estructuras, para contar algo por medio del baile (y de la música), para divertirse y para divertir al público. ¿Quién dijo que el flamenco debe ser serio?, ¿quién pensaba que en flamenco está todo inventado? Esta comicidad está muy presente en nuestros tiempos. Acordémonos de María Pajes o de Rocío Molina o de Manuel Liñán. Pero, sobre todo de Israel, que se ha empeñado en desmontarlo todo y exponer que si tienes algo que decir, que si tienes arte para contarlo, que si tienes una buena base flamenca y un respeto por tus mayores, es igual como lo digas.
Su hermana coge el testigo y eleva el nivel, si se puede. La francesa es un corpus de sensaciones contradictorias lleno, como digo, de tópicos que romper. Los colores de la bandera francesa predominan entre los músicos. El mismo blasón ilustra el fondo del escenario, hacia la derecha. Pastora baila con pasión y gracia todas las propuestas musicales. Parece fácil, pero son verdaderos ejercicios gimnásticos con trasfondo flamenco. Sólo una mujer con duende y compás, una bailaora de oficio y con una técnica depurada, puede abordar ese reto. Pedro Sierra no para de tañer su guitarra, conduce todos los momentos, los actos, los silencios. Es el alma mater de una obra redonda. Suenan milongas, soleares y bulerías, fandangos, granaínas y zorongo, tangos, rumbas, alegrías, habanera, pasodoble… mezclado con apuntes de la chanson francesa, de sus composiciones clásicas, del cancan…
Es admirable la propuesta, es un lujo la obra, que lleva casi un año rodando desde la pasada Bienal de Sevilla, es grandiosa la música, como grandiosa es la Galván francesa… y el humor. Pastora es la bailaora convencional, la rompecorazones, Salomé, Carmen, Conchita y como Lola se va a los puertos, pero también es la pelona que baila en la verbena, la chica del can que vuela su falda o Zidane (el número 10) que entrena con el balón y da un cabezazo al cantaor.
Pastora termina revolcada con la enseña marsellesa. Por fin acabó con el mito. Ahora empieza otro reto: el de superarse a sí misma, el de cambiar de registro, continuando por este camino, comunicando con este lenguaje nuevo que es el más fresco e interesante que conozco en este momento.
Paje, traje, dopaje, equipaje

Una de las normas más claras, sencillas y aprendidas del idioma español es que se escribe con jota ('j') toda palabra que termine en 'aje' (y en 'eje'), como coraje (o hereje).
Asombrosamente, como digo esta norma está completamente asumida por los hispano escribientes en los mass media habituales (además, el corrector ortográfico del ordenador no lo pasa por alto). Sin embargo, es habitual encontrarnos por la calle letreros del tipo 'garage' o 'reciclage', por poner un ejemplo. O sea, la norma trasgredida.
El 'age' con ge ('g') es un francaísmo (o galicísmo, si queremos). De hecho 'garage', como tal, es una palabra francesa que ha sido adoptada en nuestro idioma, castellanizándose como 'garaje', según la norma. No escribirlo así es un error lingüístico y, si se pronuncia correctamente, fonético.
Aunque, para que no creamos discriminada esa gangosa letra, podemos apuntar que se escriben con 'g' las palabras que terminan en gia, gio, gía, gión, gional, gionario, gioso, gen, gélico, genario, género, genio, génito, gesiman, gésimo, gético, giénico, gimal, gíneo, ginoso, gismo, ogia, ógico/a, ígeno/a, ígero/a, con sus femeninos y plurales, excepto aguajinoso, espejismo, salvajismo, bujía, herejía y lejía (los ejemplos de cada terminación os los dejo a vosotros).
Algunas citas flamencas

Hace tiempo que no repaso el calendario flamenco para los posibles seguidores (los seguidores de este blog) (los seguidores del flamenco en Granada) (y la verdad, con escaso eco y fortuna) (seguiré informando no obstante) (incluso).
Hemos pasado el Festival de Música y Danza de Granada (del cual he ido dando buena cuenta) y las aportaciones del FEX (Festival Extensión). Para lo que queda de julio, tenemos algunas actividades flamencas que no debemos pasar por alto.
Los jueves, en la peña de La Platería (a las 21’30 horas) (es un decir, pues antes de las 23'00 no empieza), se siguen haciendo las muestras de flamenco joven, actuaciones populares abiertas a todo el público. Hoy, día 12, podremos ver a la bailaora Estela Rubio y su cuadro flamenco.
Mañana, viernes 13 (ideal para supersticiosos anglosajones), tenemos la "III Muestra de Flamenco Joven de Huétor Vega" (22'00 h) en los Jardines de Huerta Cercada . Actuarán: al cante Joselete de Linares y Esther Crisol, a la guitarra Jose María Ortiz y al baile Raimundo Benítez, acompañado por: Manuel Heredia y Pepe Luis Carmona (cante), Luis Mariano (Guitarra) y Antonia Heredia y Encarni Heredia (palmas).
El próximo martes 17, comienza la IX Muestra Andaluza de Baile Flamenco en el Corral del Carbón (Los Veranos del Corral). Este año, además del tradicional baile de vanguardia que nos vienen ofreciendo cada temporada, se enriquecerá con cante y guitarra, alternativamente. Este martes se inicia el programa con el cante de Eva Duran y el baile de Juan A. Maya.
El miércoles 18, el programa de Los Veranos del Corral, vendrá con la guitarra de Juan Requena y el baile de Luisa Palicio.
También los miércoles de estos meses de verano tenemos flamenco al fresquito del monte. El Museo Cuevas-Centro de Interpretación del Sacromonte , nos presenta este miércoles (22’00 h) a la “Familia Zárate”: guitarra: Carlos Zárate, cante: Sensi de Carlos y baile: Carmen Rosa Zárate. Con la colaboración de Escuela Superior de Arte Flamenco.
El jueves 19, Los Veranos del Corral, tiene la programación exclusiva de baile con el artista Antonio Arrebola.
También, este jueves 19, hasta el 31 de agosto (todas las noches) (domingos descanso), se presenta en los Jardines del Generalife (22’00 h), "Poeta en Nueva York", una obra de Blanca Li (Centro Andaluz de Danza), con Andrés Marín y Carmen Linares (sustituta Encarnita Anillo).
Este jueves, por si faltan ofertas, La Platería presenta a los Hermanos La Luz y su cuadro flamenco.
El sábado 21, podremos acercarnos al "Festival de las Gabias".
Continuamos con Los Veranos del Corral el martes 24 con el cante de Antonio Campos y el baile de Elena Chávez.
El Miércoles 25 doblete. En el Museo Cuevas del Sacromonte (22’00 h) veremos al grupo “Daquí”, con la guitarra de Luis Millán, el cante de José Fernández, el baile de Carmen Yolanda y la percusión de Manuel Vilchez.
Y en Los Veranos del Corral, el guitarrista Diego del Morao y el baile de Edu Lozano.
El jueves 26, en el Corral, continuará programa de baile con Mª José León.
Y en La Platería, ese mismo jueves, Antonio Heredia y su cuadro flamenco.
Para terminar el mes, el martes 31, toca Veranos del Corral, con José Valencia al cante y Juan Carlos Cardoso como bailaor.
Hasta aquí, parte de lo que se programa (no tengo todos los datos ni creo que deba saturar este post). Iré a lo que pueda y comentaré en lo posible todo lo que mis ojos (cada vez más abiertos) contemplen.
Muerte de Esquilo

Debía ser por esta fecha, cuando todo se paraliza, cuando no ocurre nada o todo acontece, cuando las noticias parecen bromas o de una realidad, de una veracidad, aplastante, tanto que nos desborda por lo cruel, por lo absurdo, porque sí o porque no.
A Esquilo, gran dramaturgo de la escena griega, junto con Sófocles y Eurípides, del siglo quinto antes de nuestra era (el Siglo de Pericles, para situarnos), le anunciaron los dioses que moriría aplastado al caérsele la casa encima.
El poeta heleno, negándose a su destino, lo deja todo y se abandona errático a vagar por el campo, al puro raso, donde no hubiera construcción alguna que pudiese caerle.
Entonces un águila, un quebrantahuesos según otras versiones (en realidad un Guyapetus barbatus, 'buitre/águila barbuda'), buscando firme roca para romper el caparazón de una tortuga que había asido con sus garras, vio clara y lisa la redonda calva de Esquilo y, creyéndola la piedra idónea, le lanzó con tal puntería la preciada carga que el vagabundo cayó muerto ipso facto.
El azar y la fuerza de gravedad, la casualidad al fin y al cabo de que en el momento en que el autor de Los Persas paseara justo por donde un ave de presa estaba cazando y, por muy aguda que tuviera la vista, confundiera el brillo de la testa con una roca pulida, hicieron que se cumplieran los designios de los dioses, la profecia, el destino.
Dice Ferrer Lerín en su impagable Bestiario "que aunque alimentada normalmente de huesos aprovecharía en aquellos tiempos -en los que los quebrantahuesos y tortugas frecuentaban el arco mediterráneo- otras fuentes alimenticias a las que trataría de igual manera: lanzándolas desde el aire hasta las rocas para quebrantarlas y devorar su interior, aquí no tuétano sino tortoise soup".
Para abrir boca

III Muestra de Flamenco Joven de Huétor Vega
Huétor Vega tiene un festival oficial, que este año cumplirá su edición número veinte, y que podremos ver el 11 de agosto. Desde hace ya tres años, se va apostando en la misma población por un flamenco joven, por unos intérpretes que difícilmente conformarían el cartel del macro evento. ¿O sí? Viendo los años pasados esta muestra, sin lugar a dudas cualquiera de sus actuantes podría dar el salto sin ninguna merma para la fiesta grande. Pero, para este año, se ha apostado por un cabeza de cartel de primera, que ha sido Joselete de Linares, aprovechando su participación como profesor de cante en el “IV Curso de Flamenco de Huétor Vega” que organiza la Peña Flamenca La Parra de esa localidad.
Joselete, con la voz algo tomada, estuvo muy ajustado en su entrega. Hizo soleá, malagueña y se alivió en los fandangos. El de Linares, claramente caracolero, terminó por bulerías y con “La Salvaora”, la famosa zambra del maestro sevillano. Echamos de menos, como buen linarense, escuchar tarantas y algunos cantes de levante.
Antes del jienense, para comenzar la noche, Esther Crisol, una joven con perspectivas dio muestras de su buen hacer. Su voz grave, a semejanza de la de Carmen Linares, no abandonó su estela en ningún momento. No sólo los temas seleccionados y letras escogidas eran de Carmen, sino también su cadencia, melismas y un intento del quejío aguardentoso de la que, hoy por hoy, es la mejor cantaora que existe. Esther comenzó por la caña y continuó por cantiñas, granaína y media, tientos-tangos, quizá demasiado largos, y bulerías, sin duda su mejor entrega. Tanto ella como el tocaor, José María Ortiz, estuvieron algo espesos y faltos de emoción. Tampoco el sonido acompañaba.
Un sonido que fue insuficiente en las dos entregas del baile preciso de Raimundo Benítez. Este joven bailaor, que podemos ver noche tras noche en la Venta del Gallo en el Sacromonte, nos sorprendió por su madurez artística y por su agilidad, centralizada en un juego de piernas envidiable. Respaldado por un cuadro de lujo a sus espaldas, con mucho fue lo que más agradó de la velada, a pesar de que el tablao no era el idóneo y le faltaba sonoridad, un micrófono al suelo, vamos.
* FOTO: Joselete de Linares.
Intimidaciones
No sé qué hacer. Por tercera vez (las tres en esta misma temporada) me llega una advertencia (amenaza suena demasiado fuerte) por mi labor como periodista y crítico de flamenco.
La primera fue en diciembre pasado, cuando uno de los encargados me negó el acceso al teatro, pues mi periódico no era bien recibido en su festival otoñal de flamenco.
La segunda fue recientemente en el FEX, cuando Juan Andrés hizo gala de su furia Maya sobre mí por no haber ido a verlo y sacado en los papeles.
La tercera, ha sido esta misma mañana. Recibo un mensaje anónimo en el móvil de tal guisa:
"Me ha llamado la chica que cantó el viernes [Esther Crisol] llorando que habías hablado mal en el periódico. Tampoco lo hizo tan mal para ser una que empieza. Tú haz caso a lo que te dice la gente como el Isidoro ese y demás que yo sé y no seas objetivo y lograrás que se te pierda el respeto." (los acentos son míos).
Como digo, no sé cómo tomármelo. A Esther es la segunda vez que la veo y no le he hecho tan mala crítica (leer el post anterior ). Tan sólo no me llegó, no me sorprendió tan gratamente como cuando la escuché por primera vez. Hay días y días (para ella) (para mí).
Llevo cuatro años haciendo crítica de flamenco y si de algo puedo presumir es de mi imparcialidad y objetividad. No me caso con nadie. A los de mi alrededor les presto la atención precisa, pero nunca dejo que me influyan. Me alegra no obstante contrastar mis apreciaciones.
Cuando me llega un artista lo alabo. Cuando no me dice gran cosa lo paso un poco por alto y destaco lo bueno (que siempre lo hay) (si no no estarían donde están). Pero todos merecen mi respeto y aplauso. Admiro su decisión y su empeño. Nadie puede decir que le he faltado, que no le haya encontrado un brillo, que busque otra oportunidad...
El mundo flamenco es pequeño y como todos hay envidias y zancadillas. Supongo que en cuatro años tres traperas no son tanto. Seguiré, como siempre digo, ejerciendo mi trabajo de la mejor forma que pueda, aun sabiendo que alguien me mira mal, aun sabiendo que puedo tener problemas, aun sabiendo que quien sufre con esas cosas soy yo.
Después me dicen en la redacción que los flamencos no leen los periódicos.
De esta agua no beberé

Es una cuestión muy simple. Palabras como agua, águila o acta son radicalmente femeninas. Sin embargo, el artículo determinado que las antecede en su presente de indicativo es masculino, concretamente 'el'. Así: el agua, el águila, el acta.
Podemos dar una razón apócrifa sobre este tema, que sería simplemente que es una forma de evitar la cacofonía. Sin embargo, la razón es menos razonable. La Real Academia nos dice que "Por herencia histórica, los sustantivos femeninos cuyo significante comienza por /á/ acentuada [prosódico u ortográfico], utilizan el significante /el/".
"Se incluyen en este comportamiento, continúa la RAE, los sustantivos que comienzan por /há/ acentuada: el hambre, el hacha, el hada, el habla, etc.". Se exceptúan los nombres de las letras: la a, la hache... y los nombres genéricos con posibilidad de confusión: la ácrata/el ácrata, la árabe/el árabe...
Esta regla no afecta a los plurales, que recuperan su significante femenino: las aguas y no los aguas; ni a adjetivos como esa agua, esta agua, aquella agua. Es incorrecto, por lo tanto, el uso de otras unidades con esos sustantivos (ese agua, aquel área).
También, si entre el artículo y el sustantivo estudiado aparece otra unidad, el artículo recobra su forma femenina. Así: la bella hada o la clara agua.
En 1993, Fernando Lázaro Carreter, denunciaba el abuso de esta confusión entre "diarios, telediarios y radiodiarios". Después de algunos ejemplos, el catedrático de la lengua, comentaba que incluso entre profesores de Filología había oído expresiones como ese aula.
Estamos hartos de escuchar ese dislate por quien se cree con la verdad. Aunque la verdad es que se formula de esta agua no he de beber, y no de este agua no he de beber. Craso error.
En casa se calienta el primer carbón

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco
Con un repertorio nada convencional, comienza Eva Durán su entrega en Los Veranos del Corral, una muestra joven que hoy por hoy pasa por ser la cita más prestigiosa del flamenco en nuestra provincia. Durante tres días a la semana, hasta el 15 de agosto, tendremos a lo más granado del flamenco incipiente participando en este foro. Eva Durán, como digo, comenzó la noche e inauguró un festival que, a diferencia de los pasados años, incluye cante y guitarra, aparte del baile. Esta novena edición comenzó con alegrías de Córdoba, esas cantiñas más relajadas y melancólicas que las de Cádiz. Eva, así, nos muestra desde el comienzo su tesitura y su cadencia. Su cante es relajado y sin estridencias, maduro, para ser escuchado y saborearlo sorbo a sorbo, como el café caliente, pues va manando a borbotones, con un eco tan flamenco como nostálgico. La cantaora de Estepona continuó por levante, cantando mineras y tarantas. Siguió con su entrega novedosa adornándose con bamberas. En las malagueñas bordó las de la Trini y se rompió en las seguiriyas, para terminar por bulerías. Diremos también que el sonido, aunque correcto, es menos fino que en los pasados veranos. Quizá fuera por ser el primer día.
Claramente sacromontano, carbón casero, comienza la segunda parte de Los Veranos con Juan Andrés Maya y su cuadro flamenco. Para abrir boca, Rafaela Gómez nos canta “La mariposa blanca”, ese poema por bulerías que compuso Manuel para una Lole siempre afinada. Con sentimiento, aunque quizá demasiado histriónica, se entrega la cantaora, nunca, en definitiva, a la altura de la Montoya. Las guitarras bien templadas, la percusión precisa y las voces escogidas para acolchar el baile por alegrías, rotundas, de Juan Andrés. Un baile de raíz, un gran baile, de los mejores que patean nuestras tablas, pero posiblemente haya tocado techo. Son contados los momentos de nueva creación que podemos saborear en este baile impetuoso. La “furia Maya”, los finales interminables, la búsqueda del aplauso continuo, los desplantes, las sobreactuaciones… quizá empieza a rozar el tópico.
De nuevo se queda el cuadro solo para brindarnos un poquito por bulerías con sabor a cueva, para dar paso al segundo pase de Maya. Los compases del Concierto de Aranjuez, del maestro Rodrigo, interpretadas por Emilio Maya a la manera de Paco de Lucía, introducen unas seguiriyas preñadas de fiesta y de algunos cantes de la tierra (como los fandangos de Granada auténticos en la voz de Toni Maya). Juan Andrés comienza bailando poco y sobreactuando en demasía. Son esas luminarias en las que el bailaor se siente tan a gusto como el público perdido y extrañado. El nivel alcanzado en las alegrías, en las seguiriyas es puntual intercalado con desconciertos. Con todo con eso Juan Andrés Maya es el mejor bailaor en su estilo. Atalaya y ejemplo para sus seguidores.
Por último, diré que su afición al micrófono al final de su actuación y el rosario almodovariano de saludas y agradecimientos está de más.
* EN LA FOTO: Eva Durán.
Con un lenguaje nuevo

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco
Es difícil escuchar una guitarra nueva en solitario. Digamos que el favor del público se reparte entre el cante y, sobre todo, el baile. Así, cuando se programa un recital de sonanta, son pocos los elegidos. Los músicos jóvenes se suelen quedar para el acompañamiento de cantaores y bailaores. Eso sí, cada vez con más espacios de creación, de recreación, de virtuosismo. Conscientes de esta deficiencia, los organizadores de Los Veranos del Corral, han querido dar cuartel a estos nuevos tocaores para que alcen su voz en un escenario como el que nos ocupa, verdadero trampolín de valores en ciernes.
El tocaor malagueño Juan Requena, visto bastantes veces como acompañante, se descubrió en la primera parte de la velada del miércoles en el Corral del Carbón con un lenguaje propio. Todos los tocaores tienden a parecerse a otro, o a imitar directamente, a Paco de Lucía o a Sanlúcar. Requena recorre caminos inexplorados, contempla nuevos horizontes, en una continua búsqueda. Las granaínas que nos dejó para comenzar fueron profundas y delicadas, para tocar con guantes de felpa, como un grabado antiguo. Delicado y verdadero. Para las alegrías precisó el compás de los percusionistas Herrera y García. Un complemento esencial, sin estridencias, dando la medida justa. Continuó por rondeñas, ese palo tan agradecido para la guitarra, que poco tiene que ver con el cante por rondeñas. Otro momento de introspección sirvió para introducir las bulerías, para las que se unió el piano eléctrico de Diego Suárez, concediéndole en buena medida al resto de su actuación participaciones jazzísticas. Juan, con todo su grupo, terminó por rumbas, talvez la pieza más popular del repertorio.
El baile fresco de Luisa Palicio ocupó la segunda parte del espectáculo. Esta malagueña de Estepona, reconocida con el Premio Revelación en la pasada Bienal de Sevilla, comenzó su entrega por levante. Su baile es purista y tradicional. Los recursos de fuerza, velocidad y el interminable juego tacón-punta, que se dejaban anteriormente para los hombres, son también obviados por esta bailaora. Su estilo es un todo reposado, es puro sentimiento, donde priman los brazos y la cintura. Sus vueltas, quizá excesivas, le hacen apuntar algunos desequilibrios. Para las alegrías finales, siguiendo los cánones, Luisa salió luciendo bata de cola y mantón blancos. Bien movida esa cola, bien aireado el mantón, para un resultado que tan sólo fue bello. La chispa, el pellizco, que se anhela en una bailaora, no estuvo presente. Entre medias de estos dos bailes, Vicente Gelo, uno de los cantaores que la arropaban, con voz aguda y grito moderado, se sintió orgulloso de cantar en la tierra que lo acogía, las precisas granaínas de Chacón rematadas por abandolaos.
* EN LA FOTO: Juan Requena (© Ana Palma)
Blanca Li nos descubre el corazón de Lorca

Poeta en Nueva York
Por fin vemos a Lorca con ojos precisos. Por fin descubrimos su corazón abierto, cosmopolita, orbital. Blanca Li, después de siete años de intento y pandereta, al frente del Centro Andaluz de Danza, nos acerca al Generalife un espectáculo fresco y grandioso. Con una música muy cuidada y una estética vanguardista, Blanca pone en escena más de veinte bailarines y diez músicos para recrear al poeta de Fuentevaqueros. No su poesía, que también. No su vida, que también. Sino sus sentimientos y emociones. El choque frontal con Nueva York, un salto determinante a cielo abierto de alguien al que le han nacido alas y no tiene espacio donde volar. Sólo Blanca Li podía aceptar este reto, sólo la coreógrafa granadina, con un paralelismo puntual con Federico, podía abordar con la suficiente perspectiva esta obra cumbre del surrealismo español, como es “Poeta en Nueva York”.
Andrés Marín, un bailaor matemático, en constante búsqueda, se ha metido en el pellejo de Lorca y ha bordado el asombro y la comunión que tuvo que sentir al llegar a la gran urbe. Una sensación de amor-odio, de atracción y rechazo, de asimilación y de denuncia, sobre todo denuncia. El jazz, el flamenco, el hip-hop, la danza contemporánea se aúnan para formar un libro que es un corazón desgarrado, que son miles de operaciones aritméticas, que son chorros de sangre, que es el Hudson ahogado en aceite.
Nueva York es un huevo cosmológico, es un mundo lleno de humos y de oscuridad, de sangre y de duelo. Es un mundo en blanco y negro que poco a poco va adquiriendo mil tonalidades. Se hace la luz. Nueva York es la prisa; Federico la pausa. Con el flamenco en el corazón va descubriendo otras músicas, otros estilos, grandes contrastes. La llegada de Lorca a ese planeta llega en forma de granaínas y abandolaos. Con ojos de asombro va descubriendo los sonidos negros, Harlem y el Bronx, el bullicio funcionarial durante el día, las miserias de la noche, la muerte violenta y un saxo que llena las calles.
Parece que la lluvia lo limpia todo. Surge de nuevo la ciudad. Una cortina de agua difumina el escenario. Los bailarines danzan bajo el torrente mientras una voz en off recita un nocturno “Paisaje de la multitud que orina”. Es espectacular. Son impagables las figuras que se forman. Cuerpos desnudos, fibras sensibles. El escenario se llena de escaleras, de gente que sube y baja, de máquinas de escribir, de números, de informes. “Pero el hombre vestido de blanco ignora el misterio de la espiga.”
Comienza la soleá de Carmen Linares imbricándose con el texto, que bailan con exactitud Blanca y Andrés. Es uno de los cortes más emotivos de la noche. Pero la escena sigue cambiando, el vértigo anula la prisa. Estamos en “Little Paradise”, un cabaret de finales de los años veinte en el centro de la Gran Manzana, donde suena un jazz tradicional (un aplauso sincero a ese cantante llamado Rob-Li), donde se escucha “Oficina y denuncia”, uno de los poemas más estremecedores de “Poeta en Nueva York”. Continúa la admiración de Lorca, pero ya tiene otros ojos. Se integra. Ahora suena una balada que resuelve Blanca de blanco, con los pies descalzos. Es cuando el presente y el pasado se miran a los ojos. Es cuando Blanca besa el reflejo de Lorca, o viceversa, que el tiempo es tan sólo una dimensión. Encarnita Anillo a continuación entona el “Vals en las ramas”, quizá la más bella canción de la noche, compuesta, como el resto de la música, por ese demiurgo granadino llamado Tao Gutiérrez. Y, para terminar, como todos sabemos, el poeta llega a la Habana. El comienzo de una guajira introduce la rumba, el “Son de negros en Cuba”.
Sólo queda tildar este espectáculo, no sólo de apoteósico, sino de necesario para desentumecer a una Granada que se mira demasiado el ombligo. Aún quedan bastantes días para limar algunas asperezas. A final de agosto volveré a verlo, a disfrutarlo y a preguntarme qué se hará el próximo año para superar esta propuesta.
* EN LA FOTO: mano de Blanca Li (© Karl Lagerfeld)
Los perros no saben leer

Antes de aprender: "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor..." y bastante antes de conocer: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo...", mi joven memoria recordaba este otro comienzo de novela: "Como «Buck» no leía los periódicos, estaba lejos de sospechar la nube amenazadora que se cernía sobre él...". Es el comienzo de La llamada de lo salvaje (o de la naturaleza) de Jack London.
Como sabéis, «Buck» era un pastor alemán que atraparon en su regalado hogar de Santa Clara (California) para que tirara de un trineo en las norteñas tierras de Alaska cuando estaba en efervescencia la febril borrachera del oro.
¿Cómo «Buck» va ha leer el diario y cuidarse de los desaprensivos buscadores de recios animales para venderlos en el inmenso blanco? ¿Cómo un animal va ha conocer lo que el hombre escribe, comenta o piensa de él?
Así cuando leemos: "Cuidado con el perro", habría que preguntarse si el perro lo sabe, si está de acuerdo en ser agresivo y defender la frontera objeto de su destino y de dicho letrero. O en el zoo, cuando contemplamos el cartel: "No le echen de comer a los monos", por ejemplo. ¿Los macacos sabrán eso? ¿Estarán de acuerdo? ¿Se plantearán regímenes los animales? ¿O harán huelga de hambre?
Un día, creo que ya lo he contado, fui a visitar a un amigo que vivaqueaba al pie de la sierra. Al llegar me saludó una suculenta careta de cerdo que se braseaba en la lumbre y los ladridos de su perra canela que estaba atada al parachoques de su coche rojo (es lo más que entiendo de automóviles). No te preocupes, ante mi alarma al ver los colmillos del can mi amigo decía, que perro ladrador, poco mordedor. ¿Pero él lo sabe?, preguntaba yo sin bajar la guardia.
Dijo que ya lo comprobaría yo mismo. Así que soltó al can. Éste se abalanzó sobre mí. Y, ese día, que yo recuerde, batí mi record de velocidad campo a través y entre los árboles. Y de noche, para más inri. Y detrás nuestra el dueño diciendo: "Párate".¿A quien se lo dices, al perro o a mí?, respondía yo sin ninguna intención de comprobar las buenas intenciones.
Agarró por fin al guardián del erebo, y entre jadeos, le rogué que mientras yo estuviera allí se abstuviera de experimentar tales dichos con esa fiera.
Esto viene a cuento porque estuve en San Fernando (Cádiz) en un viaje relámpago este fin de semana siguiendo las difuminadas huellas de Camarón. Dormí, mejor dicho, pasé la noche en casa de buenos amigos. Una granja de pollos próxima se colaba por la ventana, que estaba abierta para recaudar un poco de brisa. Los gallos cantaron la madrugada, como es debido, pero sin parar desde media tarde hasta media mañana.
O sea que el ki-ki-ri-ki que nos despierta de amanecida era continuo. Los gallos, por mucha tradición que haya, no saben que deben cantar sólo a la salida del sol y hacerlo unas pocas de veces (mínimo tres, según la oreja de San Pedro, que se adelantó algunos cientos de años a la de Van Gogh). Pues según una teoría harto científica "el canto del gallo esta sometido a un ritmo circadiano, es decir, un ciclo diario de 24 horas".
¿Habrá que enseñarle a los animales las normas más elementales de su comportamiento? ¿O tendremos que cambiar nuestro refranero? (Aunque mi refranero personal rece: "el gallo lejano es menos peligroso que un perro desconocido") (por muy amigo tuyo que sea su dueño) (añado).
Antípodas

Antípodas es una bella palabra casi siempre mal usada. Antípodas, gracias a los medios de comunicación, ha quedado en reconocerse como un sinónimo de Nueva Zelanda o Australia. Y lo peor es que se feminiza el término. Así leemos, por ejemplo: Fulanito de tal emprendió ayer un viaje a las antípodas.
Bonito, ¿verdad? Si no fuera porque antípodas es un sustantivo masculino. O sea: los antípodas. Describen a los habitantes del lado diametralmente opuesto del planeta (y, por extensión, los países donde viven).
"Es voz griega, apunta el Diccionario de Autoridades, que vale tanto como pies contra pies". De lo que se deduce que antípoda es el que apoya sus pies (podos) en el otro extremo (anti) del mismo eje de la tierra.
Quedaría como: Fulanito de tal emprendió ayer un viaje a los antípodas. Siempre en masculino. Podría variarse el género, sin embargo, si se le antepone un sustantivo femenino, tal que así: Fulanito de tal emprendió ayer un viaje a las tierras antípodas.
De forma que nuestros antípodas son los neozelandeses tanto como nosotros somos los antípodas de aquellos.
También, sin ningún problema, se usa en singular (el antípoda).
"Figuradamente, nos dice el Libro de estilo de ABC, significa que se contrapone a la persona o cosa en cuestión". Es dable encontrar que en el PP se encuentran los antípodas del PSOE.
Cuéntame un cuento

Puede que la actividad preferida de mi hijo sean los cuentos. Cuando digo de contarle un cuento, es capaz de abandonar cualquier otra actividad por muy "importante" que sea. En su mente infantil, la fantasía ocupa su mayor parte.
Juan está familiarizado con los cuentos tradicionales, los relatos de películas y un gran grupo de inclasificables que yo mismo me invento. Con estos últimos él colabora. Colabora en el recuerdo, cuando a una mente cansada como la mía le invade la niebla.
Entre los cuentos tradicionales también se encuentran las escenas mitológicas y los héroes de papel. Así, mi chico, está familiarizado con Ali Babá, con el rey Arturo, con los viajes de Ulises o con Cyrano de Bergerag.
Un cuentecito de tradición irlandesa que últimamente recordamos, se resume de esta manera:
"Algunos marineros del condado de Galway decidieron embarcarse en un tres palos en busca de la legendaria Vinland, una tierra próspera, a muchas millas al oeste donde corren ríos de vino y de miel.
Llevaban tres días y tres noches navegando cuando se desató una gran tormenta de olas que levantaban peligrosamente el barco.
Una bruja del mar los seguía con su cabello azul, su piel sedosa y sus ojos melancólicos; en busca de un hombre para, con la boca llena de algas, llevárselo al fondo del mar.
Los marineros, asustados, decidieron jugarse a los dados la suerte de uno de ellos, que se entregara a la bruja voluntariamente y así dejaría en paz al resto.
El destino apuntó a Tahgd (creo que así se escribe), el marinero más querido, el más valiente y necesario. Éste, sin pensarlo, quiso arrojarse por la borda, pero sus compañeros se lo impidieron.
La suerte le volvió a tocar a él una segunda vez. Y después una tercera. Estaba predestinado. La bruja lo había elegido a él.
Pero antes de saltar al embravecido océano, propuso a la bruja cantar una canción que decía:
Si me dijeras
cuántos ojos de peces hay en el mar,
me casaría contigo.
Si me dijeras
de qué color es el mar cuando se enamora,
me casaría contigo.
Con el arrullo de esta dulce melodía irlandesa y el vaivén de las olas, la bruja se quedó dormida y, con ella, amaino la tormenta.
Los marineros pudieron continuar su camino. Pero, se cuenta, que es la primera y la última vez que se duerme una bruja del mar."
* EN LA FOTO: La nave británica "Alcinous" de casco de hierro con aparejo de fragata de tres palos, construido en el año 1882.
Cuando hay complicidad

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco
Un poco larga resultó la velada del martes en el Corral del Carbón. Y es que Antonio Campos estaba a gusto. Dijo que quería pasárselo bien. Los que sabemos leer entre líneas entendimos que iba a entregarse sin condiciones y que iba a ser lo posible para que el respetable saliera encantado. Y así fue. Tanto, que alargó su actuación unos veinte minutos de más, que fueron muy bienvenidos por los aficionados, si no fuera por la segunda parte, que también ocuparía su tiempo. Y es que los programas dobles, no termino de asimilarlos.
Antonio Campos, como digo, estaba sembrado, a pesar de la poca reacción del público en un comienzo. Se hallaba, como confesó, entre “sota, caballo y rey”. Es decir, a la derecha de Dani Méndez, uno de los guitarristas más creativos y sensibles de la nueva hornada del flamenco; y a la izquierda de Carlos Grilo y Luis Cantarote, una pareja de lujo, que lleva el compás jerezano en las venas. Y eso fue, una noche de compás y entrega, de complicidad y de admiración. Los artistas disfrutaban entre ellos en el escenario y trasmitían esa emoción.
Comenzaron por fiesta, demostrando con creces la habilidad de quien ha nacido “atrás” para este tipo de cantes. Las malagueñas de El Mellizo pronto se abandolaron y terminaron con fandangos del Albaicín. Por Cádiz, Antonio se impuso como un nuevo ortodoxo. Las letras y el tratamiento de las alegrías eran las tradicionales, pero con una adaptación especial. Se rompió en las seguiriyas de Manuel Torre. Para animarse de nuevo cuando los tientos se volvieron tangos que desembocaron en el Monte. Y terminó por bulerías, con las mismas ganas con las que empezó.
Desde Málaga, el baile de Elena Chávez ilustró la segunda parte. Comenzó por tientos-tangos. Su baile es reconcentrado, encorsetado y falto de genio a veces. Pero en su conjunto es redondo y eficaz. Habría que esperar a las seguiriyas y sobre todo a las alegrías finales para justificar su acierto. Entre medias sus músicos rellenaron los espacios de silencio con bulerías, donde destaca “La Repompilla”, como buen reflejo de su antepasada, y su contrapunto en la voz grave de Dalía. Una hermosa zambra, compuesta por Dani Méndez para la bailaora malagueña “La Lupi”, interpretada por Curro de María acentuó sensiblemente esta segunda parte.
Un poquito por bulerías, fuera de programa, donde salieron la susodicha “La Lupi” y dos espontáneas más, remataron una noche, que ya rozaba la madrugada del miércoles.
* Antonio Campos en la foto.
Pellizco en la guitarra y precisión en el baile

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco
El soniquete de Jerez se impuso la noche del miércoles en el Corral del Carbón. Diego del Morao, quien ha sido guitarrista de La Macanita, José Mercé o Diego Carrasco, fue un continuo lleno de pellizco y de frescura. Todo suena flamenco, suena gitano, y con esa facilidad como quien lo hace sin querer, sin pensar que está en un escenario en frente de casi trescientas personas. Para entrar en concierto, para tantear el ambiente, Diego, hijo de Moraíto Chico, se arranca por rondeñas. Es su palo más intimista, su pieza, si cabe, más relajada. A partir de aquí todo es fiesta. Un trocito de occidente se establece en el escenario. Sus apuestas, la solea, las bulerías, los tangos, están sobradas de compás que jalean como pocos Manuel Salado y El Quini. Una concesión importante de la noche fueron un par de temas acompañados por el piano salvaje de Yumitu. Dos temas de fresca rumbita catalana, donde parecía que Del Morao acompañaba a la pureza de las teclas y no al revés. El segundo de estos cortes, “Tres gardenias para mí”, con un aire de son cubano delicioso.
Como un huracán de fuerza controlada entra, en la segunda parte Edu Lozano y su grupo. Participante en las compañías de Javier Latorre y Eva Yerbabuena, es difícil ver a este cordobés en solitario por estas plazas. De hecho, presentó su primer espectáculo propio, “El instante del sentido”, en el Festival de Jerez de este año. Su baile es seguro y quebrado, con una técnica muy depurada y movimientos precisos. La soleá, las seguiriyas, los tangos, fueron suficientes para convencer a un público, entregado por otra parte, en que estamos ante uno de los grandes. Su zapateado es puro, concentrado, de una sabrosa gama de matices. E, imprescindible para un virtuoso de la danza, un buen cuadro atrás le da la precisa alternativa en cada momento. Las guitarras en su sitio (Manuel de la Luz y Jesús Majuelos), las voces melodiosas y flamencas (Pepe de Pura, Rafael de Utrera y Jeromo Segura), la percusión de Manuel El Pájaro no es un refuerzo del baile sino un complemento. Edu Lozano lo baila todo. No hace intermedios musicales para recuperarse, sino el preludio suficiente para cambiar de indumentaria. Tal es su energía.
Un bailaor muy completo que, si acaso, le falta expresividad en el rostro, o es muy hierático o demasiado serio. También, como impresión personal, diré que el vestuario no me parece el más adecuado para quien innova en libertad y baila con paso firme.
* Edu Lozano en la foto.
María José León, entre la ortodoxia y el riesgo

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco
No es habitual que se baile una seguiriya con bata de cola, como no es normal compartir escena con una segunda bailaora concediéndole casi la misma importancia que la misma protagonista. Desde un comienzo sabíamos que el recital del jueves en el Corral del Carbón era sensiblemente distinto a lo que ya habíamos visto: un trocito del flamenco antiguo arraigado en una familia de Écija, una población alejada del tradicional duende flamenco. Desde un comienzo comprobamos la emoción de Pepe León "El Ecijano", padre de la bailaora, celebrando su participación en estos prestigiosos Encuentros.
Pepe, como flamenco antiguo, iba presentando unos cantes que, por su evidencia, no necesitaban ser aclarados. De todas formas se agradece el detalle. No todo el mundo está familiarizado con los palos del flamenco y, en esta plaza, predominan los foráneos.
María José León abordó las seguiriyas, como digo, con una bata de cola que le imprimió un sabor especial y novedoso. Su baile recuerda a las bailaoras de antes, pero con una gracia y espontaneidad propias. María José aprovecha el escenario y lo llena con el vuelo de su cola y el molinete del mantón, que recoge al final de la pieza. Arriesgada, como digo, aunque con altibajos reconocibles.
Su mejor entrega, sin embargo, será por soleares, donde se ve a una bailaora segura de sí misma, dominadora y cargada de recursos. Una soleá muy lorquiana, en la que Pepe León, el máximo representante del cante en su tierra, interpreta el "Romance de la pena negra", en la que los guitarristas hacen una buena labor de compenetración e incorporan algunos acordes de granaína, rizando un poco más el rizo. La mejor baza de esta bailaora es el braceo, muestra de buena escuela, y su entrega, que demuestra con la tensión del rostro. Sin olvidar el tacón punta donde tiene mucho que decir.
Entre medias de estas dos piezas, el cuadro de atrás hizo tangos, interpretados por Eva Ruiz, y alegrías, de la mano de Pepe León. Tanto una como el otro, escogieron letras demasiado trilladas. Los cantes de Málaga estuvieron a cargo la segunda bailaora, Lucía “La Piñana”, que parece más rígida y estereotipada que su compañera. Para finalizar, un extenso cierre por bulerías, en el que bailaron al alimón las dos artistas, despidió la velada.
Si me necesitas silba

Hubo una época, a veces nos parece casposo, que un gran número de canciones iban acompañadas por silbidos. Cada vez se oye menos (a excepción del relativamente reciente "Don't Worry, Be Happy " de Boby McFerrin). En el fútbol, sí que se oyen pitadas, y en los conciertos, tanto de aprobación (silbidos y aplausos) como de desaprobación (silbidos y abucheos). Poco más.
Las niñas no silban, decían antes. Silbar era de hombres. Aunque había chicas que silbaban la mar de bien, y que decían tacos bien dichos y que fumaban (a la primera mujer, la hermana mayor de un amigo, que le oí decir coño, me harté de reír, aparte de parecerme una chica especial, libre y sin complejos).
Si me necesitas silba. Cuando estamos en peligro, siguiendo la tradición, silbamos para que nos oigan, si es que el miedo nos permite silbar, a veces ni hablar. En la película de Pinocho (obligatoria en mi papel de padre), Pepito Grillo, haciendo de conciencia, le canta al muñeco de madera, por si lo necesita, "Dame un silbidito".
También silbaba el arpista Harpo Marx, el hermano mudo de Groucho, con su característica peluca naranja y su gabardina con los bolsillos siempre llenos.
Los marineros dicen que silbar al viento atrae las tormentas.
Pero donde el silbido ha alcanzado cotas increibles es en las islas Canarias, donde aparece como un lenguaje empleado por los pastores para comunicarse entre ellos (hay estudios al respecto). Los silbadores de la Isla de la Gomera utilizan diferentes modulaciones del silbido para significar distintas palabras en idioma español.
Se silva también a veces cuando se ronca. Sobre todo si se tiene una llave, de las de antes, de canutillo, en la boca (releer el Lazarillo de Tormes). Sobre todo entre quienes tienen alma.
También los delfines utilizan los silbidos (los gruñidos y chasquidos con la garganta) para comunicarse entre ellos y compartir sus zonas de pesca.
*Escena del Lazarillo de Tormes.

