Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2007.
Resumen
- 01/10/2007 11:16 - Un clavel para Armilla
- 02/10/2007 19:19 - Tres palabras
- 04/10/2007 13:43 - Nada nuevo bajo el sol
- 08/10/2007 10:20 - Adivinos
- 10/10/2007 13:58 - Lo que cuenta el siete (1)
- 11/10/2007 14:00 - Un paseo
- 15/10/2007 09:08 - Galletas
- 16/10/2007 20:54 - Noticias desde mi patio
- 18/10/2007 18:32 - Los posentos
- 19/10/2007 12:01 - Lo que cuenta el siete (2)
- 22/10/2007 13:33 - El Albaycín sin el Albaycín
- 23/10/2007 20:35 - La Platería comienza la temporada
- 24/10/2007 18:49 - Maratón
- 26/10/2007 17:38 - Lo que cuenta el siete (3)
- 29/10/2007 14:54 - El Palacio en llamas
- 30/10/2007 20:24 - ¿Se lo envuelvo o se lo lleva puesto?
- 31/10/2007 19:49 - Sirenas
01/10/2007
Un clavel para Armilla

Fiestas Populares de Armilla
Coincidiendo con las Fiestas Populares de Armilla en honor a San Miguel, el Ayuntamiento de esta localidad programa una velada flamenca que, sin demasiadas estridencias, compone un cartel, eminentemente local, de máxima atracción. Digo “eminentemente local”, pues es el primer año en que se introducen cantaores de otras provincias que no sea Granada. Es un acierto. Aunque, hoy por hoy, tan sólo con artistas de la tierra se podrían rellenar varios carteles de lujo.
Como artista invitado, culminó la noche un Diego Clavel de extraordinarias facultades. Clavel es un cantaor íntimo y profundo, que funciona a la perfección en recintos pequeños. Su fraseo, la forma de decir el cante y la manera de conectar con su público, nos dice que estamos ante uno de los grandes. El artista de la Puebla de Cazalla se templa, como hemos podido ver en otras ocasiones, con la caña, comenzada y culminada con un apunte de soleá. Continúa con una granaína deliciosa. La mejor de la noche. Y termina con una generosa soleá apolá de Triana. Broche de oro de un Festival de altura.
El recital lo abre José Balao. A pesar de tener la voz un poco tomada, domina los tres cantecitos que nos hizo, por levante, malagueñas y una bella milonga con “La baladilla de los tres ríos” de Lorca. A Judith Urbano se le siguen dando mejor los cantes festeros, las alegrías y sobre todo los tangos, que no la soleá que cantó en primer lugar. No le vendría mal, por otro lado, preocuparse un poco más por controlar su respiración. Juan Pinilla, reciente ganador de la Lámpara Minera en La unión, no tuvo su mejor día. Su cante, preciosista y sereno, se vio aquejado por una voz cansada y el acercamiento desmedido al micrófono. En esta primera parte predominaron las guitarras por encima del cante. Los tres tocaores, Miguel Ochando, Luis Mariano y Ramón del Paso, de exclusiva raigambre granadina, que se fueron alternando con todos los cantaores de la velada, pasan por ser de los mejores del panorama flamenco, uniendo técnica, creatividad y, por encima de todo, una sensibilidad exquisita.
La segunda parte la abrió Kika Quesada y su grupo (Alfredo Tejada al cante, César Cubero a la guitarra y Julián Heredia con la caja). Kika es una bailaora de oficio, prudente y certera, que nos ofreció unas seguiriyas. Al Zahoreño le sobraron vatios y le faltó calor. Con su voz aguda recreó las malagueñas de Chacón e hizo alegrías, seguiriyas, granaínas y, quizá su mejor entrega, un ramillete de fandangos. Para finalizar, antes del maestro sevillano, rellena la escena el cante fresco y potente de María José Pérez. Una joven artista todo terreno, natural de Almería que no para de sorprendernos. Unas granaínas son su primer regalo. Para los tientos tangos requiere el compás de Julián Heredia y Petete. Culmina con unas cantiñas a boca de escenario que certifican su altura.
Un último aplauso para un gran teatro y para un público atento y respetuoso. Sólo una pregunta, ¿quién roncaba en el ecuador de la velada era el mismo que el del año pasado?
*EN LA FOTO: María José Pérez (© Paco Sánchez)
02/10/2007
Tres palabras

Tan sólo una reflexión.
El otro día pudimos ver por televisión, varias veces repetida, una contestación, a modo de advertencia, de la Vicepresidenta, Fernández de la Vega, al Lehendakari Ibarretxe, en la que terminaba con el siguiente epifonema:
"Sólo le diré tres palabras: constitución, constitución, constitución".
Sin estar muy preparado, se puede colegir que se trata de una palabra repetida tres veces y no de tres palabras repetidas una sola vez (o sea, sin repetir).
La Vice se podría escudar en que es una fórmula metafórica, dable en el lenguaje político, pero a mí me recordó a cuando el torero Jesulín de Ubrique dijo eso de "en dos palabras: im presionante".
04/10/2007
Nada nuevo bajo el sol

Fue el primer día, después de muchos, que había dormido de un tirón. Había tenido un sueño bonito que se alegraba en no recordar. Abrió la ventana y un agradable sol de primavera inundó la habitación. Se atrevió a canturrear un poco, incluso, acompañándose con unos pasitos de improvisado baile que, en otras circunstancias le habrían avergonzado.
Entró en el baño dando ridículos saltitos mientras se acariciaba el sexo incontinente prometiéndole una pronta evacuación. Con la sonrisa que le atravesaba los ojos, se miró al espejo. Al pronto, tornó el rostro y se lamentó en su reflejo: ¡otra vez tú!
* ILUSTRACIÓN: Rene Magritte ©08/10/2007
Adivinos

Un viejo chiste dice que, llegando a la puerta del adivino, tocó el timbre, y, como oyera del interior una voz que preguntaba quién es, se dio la vuelta exclamando -con perdón- ¡qué mierda de adivino!
Benedetti, en un libro de sus cuentos completos (supuestamente completos hasta el momento en que se publicó dicho libro), que me desapareció del maletero de un coche junto con otras pertenencias (sería un ladrón instruido), pude leer la historia de un adivino que, estando con sus amigos, tuvo el presentimiento de que su casa se quemaba. Así que cogieron el coche y se dirigieron a su vivienda presenciando cómo se la tragaban las llamas.
Él vidente, lejos de toda preocupación se enorgullecía por la exactitud de su mente, mientras sus amigos lo felicitaban.
Ahora leo en el padre Feijoo (s. XVIII), en Teatro crítico universal, su mala opinión ante estos augures y almanaqueros. A pie de página se puede conocer, por ejemplo, la historia de un tal Jerónimo Cardano: médico, filósofo y matemático italiano (1501-1576) que, aficionado a la Astrología, calculó su último día y quiso hacerlo correcto dejándose morir de hambre.
Paralelo a esa misma idea de fatal desenlace adivinatorio escribí hace tiempo la siguiente historia:
«Recorrimos tres veces la feria de punta a cabo. A cada vuelta repetimos algunas atracciones. Eran los coches de choque, las perdigonadas a los palillos con escopetas de cañones retorcidos para llevarse un horrible oso de trapo o una botella de un dudoso licor y la tómbola de papeletas de colores, con un comentarista estridente y monótono, en donde yo alimentaba mi fama de adivinador y visionario. Siempre, sin duda alguna, acertaba lo qué nos tocaría, siempre apostaba por el mejor regalo, siempre nos sonreía la fortuna.
En el último paseo, al bajar de la noria y tras haber vislumbrado con meridiana claridad el accidente en la barcaza sin heridos por suerte, advertimos por vez primera un cajón metálico sobre unos caballetes de madera. En uno de sus lados estaba pintada la cara de un payaso con la boca descomunalmente abierta, en la que había practicado un orificio al interior oscuro de la caja. Sobre el payaso de pelo amarillo ensortijado y ojos saltones, en una banda azul, roja y blanca, un rótulo rezaba: “El hueco del destino”, sin más explicación. Nada más hallarnos frente al extraño artilugio, lo percibí con toda nitidez, y así se lo participé a mis compañeros: “Cuando metas la mano ahí, una especie de guillotina te la corta”.
Mis amigos dispusieron que me había excedido en mis predicciones, que aquello que había aventurado no tenía ningún sentido, que no debería ser tan extremo y nefasto, que en un lugar de esparcimiento y diversión para toda la familia, donde la mayoría de los usuarios son niños, era ilógico que hubiera una máquina tan infernal…
Dolido en mi amor propio por haber puesto en duda el inequívoco don de la profecía que me caracterizaba. Sobre todo, por ser cuestionado por los compañeros a los que había demostrado una y mil veces los rigores de mis predicciones. Metí en un arrebato la mano por la cavidad hueca de la boca de aquel nefasto payaso y un resorte accionó la cuchilla que me cortó la mano derecha a la altura de la muñeca.
Todos sonreímos, mientras me tapaba el muñón sangrante con el peluche de la tómbola y me llovían las palmadas de complicidad, las felicitaciones por haber acertado nuevamente y los perdones por su incredulidad sin sentido.»
10/10/2007
Lo que cuenta el siete (1)

En el año 2003 escribí una introducción a un cuaderno de poesía llamado "Siete Samurais". En dicho preliminar no hablé ni de la poesía ni de los poetas convocados. Tampoco traté de la elección del título ni del guerrero samurai (lo cual guardé para la presentación de este librito). A sugerencia de Alfonso, divagué extensamente sobre el número siete.
He recordado este número (pues los números siempre nos persiguen), he aumentado ese texto y he llegado a la conclusión de que el siete no es lo que parece. Aunque, formalmente, el siete sigue siendo el siete, un dígito que sucede al seis y precede al ocho. La suma del cuatro y el tres o del dos y el cinco. Indivisible, solamente por sí mismo...
Simbólicamente, empero, el siete es un número indefinido, que se puede referir a un buen puñado incalculable, que muy bien puede rozar el infinito, lo que matemáticamente se llama la letra ene. O sea, en determinados momentos, decir siete es decir ene. Siete o setenta veces es como hablar de la enésima vez.
Debido a su extensión, publicaré el escrito al que me refiero en varias partes. He aquí la primera:
El siete es con mucho el número más extenso que existe. Bueno, además está el tres, el trío, la Trinidad, el triángulo, el trípode, el menage... y el cinco, la quintaesencia, el lustro, el pentagrama, el Pentateuco, los sentidos, los dedos de la mano... Siempre impares. Aunque también está el dos, el eco, la pareja, el dúo, la simetría, el reflejo, el conflicto, la obligada capicúa... Pero igualmente el doce, la docena, los meses, el zodiaco...
Déjenme, sin embargo abogar por el siete: número místico y simbólico como ninguno desde el principio de los tiempos, en todas las civilizaciones, en las diversas religiones y escuelas espirituales de Oriente y Occidente. (Por contra, en la Masonería y en algunas tradiciones rosacruces predomina el número tres antes que el siete. Sin embargo, una logia masónica es llamada “perfecta” cuando está formada por siete miembros, aunque con cinco se puede abrir una.) Existe, en otro ámbito, una tribu africana que con toda sensatez adopta el siete como primer dígito contable, pues los seis primeros están sobrentendidos, es decir, se controlan con un simple golpe de vista. Verbi gratia, si en un prado hay seis vacas, no hace falta contarlas para saber que seis rumiantes están pastando.
Según el concepto teosófico –basado en las tradiciones orientales– el número siete es el número del universo pues todos los ciclos cósmicos están regidos por él. La cábala nos dice que el siete representa la “Ley divina que rige el Universo”. No en vano, Dios creó el mundo en siete días, de un tirón y a vuelapluma, aunque el domingo, según las Escrituras, sólo lo empleó para descansar, para echarse en la cama y sólo pensar que todo lo que había hecho era bueno. Esto estipuló los siete días de la semana, seis de trabajo y el séptimo de asueto (¡como Dios!).
De esta forma el mundo es creado, haciéndose el hombre dueño y señor de la Tierra, hasta que Jehová decide castigarlo por su iniquidad (por otra parte, también creada por Dios entre los dones otorgados al hombre). Elige entonces a Noé para preservar las especies animales en un arca, encomendándole una misión: De todo animal limpio tomarás siete parejas, macho y hembra (...) también de las aves de los cielos, siete parejas (...) para conservar viva la especie sobre la faz de la Tierra. Porque pasados aún siete días, yo haré llover (...) y raeré de la faz de la Tierra a todo ser viviente que hice (Génesis 7:2-4). Es el artista disconforme (o sobrepasado) por su obra que se ve obligado a destruirla o a reutilizarla, creando en su interior deliciosos palimpsestos, que el futuro descubrirá.
El servidor de Dios obedece y el diluvio universal se cierne sobre el planeta al séptimo día del último aviso divino (Génesis 7:10). El arca navegó un tiempo hasta que reposó el mes séptimo (Génesis 8:4) y Noé envió a una paloma para divisar tierra firme, esperando siete días, y volviendo a enviarla fuera del arca siete días después. (Génesis 8:10).
“Mi arco he puesto en las nubes”, le dice entonces Dios a un Noé, obligado naviero, después del chaparrón (Génesis, 9: 13). Un arco que pretendía ser la señal del pacto de paz entre el cielo y la tierra. Era el arco iris, de siete colores (rojo, amarillo, naranja, verde, azul, añil y violeta). (En la mitología griega y romana, Iris era la enviada de Hera.) Así, siete es la gama esencial de los colores y también de los sonidos, las notas del pentagrama –cinco líneas, siete notas y la clave de sol presidiendo– (do, re, mi, fa, sol, la, si). Consta de siete puntas la estrella que representa la conexión del cuadrado y el triángulo, por superposición de éste, la conexión del cielo con la tierra.
11/10/2007
Un paseo

Acabo de leer en el blog de Enrique Ortiz el agobio diario que se padece para ir y volver del trabajo. Él vive en las afueras de Madrid y su trabajo coincide en que está también en las afueras de Madrid, pero en el otro extremo. Con lo que se ve obligado a coger todos los días el coche y aguantar atascos, prisas, conductores intolerantes, enfebrecidos, estresados, esquizofrénicos, amargados, belicosos...
Es, sin embargo, un problema que no le afecta sólo a mi primo. La inmensa mayoría, por no decir todos, de los trabajadores que conozco necesitan el coche, o el trasporte urbano, para desplazarse hasta su puesto laboral. Todos, o casi todos, apuran hasta última hora. Los coches van vacíos, con uno o incluso con ningún ocupante, parece. Los autobuses van a rebosar.
El trabajo es el mismo, el horario es el mismo, el camino es el mismo, el atasco es el mismo, el agobio es el mismo, el sufrimiento es el mismo...
Somos suicidas en potencia.
Cada vez me alegro más de haber cogido este trabajo por la mañana. Aparte de todas las bondades que tiene una ocupación que te gusta (Baudelaire decía que, bien mirado, trabajar es menos aburrido que divertirse), está tan sólo a diez minutos de mi casa andando. ¡Diez minutos! Un paseo para ir, otro para volver. Es un valor añadido.
A veces compro el pan, el otro día caminé en dirección al arco iris que había salido (sólo un pedacito, sólo algunas dovelas), esta mañana he visto como un gato amagaba para cazar un gorrión y como se frustraba su desayuno...
15/10/2007
Galletas

Antes de antes, recordamos los que tenemos cierta edad, o quizá más, que las galletas eran unas, y raramente las había en casa. Las galletas eran redondas y sabían a galleta, siempre igual, era lo que esperábamos.
En momentos extraordinarios, ya avanzado el tiempo, atendíamos a alguna variedad, llámese campurrianas o napolitanas (de gran formato y con azuquillar por encima). A veces, las menos, nos llegaban algunas galletas más sofisticadas de allende los Pirineos. Ah, y se me olvidaban las "Chiquilín", otro lujo postrero.
Ahora, mi niño sólo quiere galletas de coche, o sea, en las que viene grabado un coche loco en su anverso. Aunque también las hay de aviones, de monstruos o de dinosaurios (recortando la forma del animal cuaternario).
Hay muy distintos formatos de galletas, también hay galletas rellenas (de chocolate, de nata, de fruta), hay galletas con sabores, hay galletas integrales, con fibra, que no se deshacen al mojarlas en leche (a veces, lo que queremos es precisamente que se deshagan en la leche).
Yo, sin embargo, en el caso de que coma galletas, sigo prefiriendo las redondas, las de toda la vida.
16/10/2007
Noticias desde mi patio

Aprovechando estos pasados días de fiesta le he dado un repaso al patio. Lo he barrido y lo he fregado, he podado los rosales, he trasplantado algunas macetas, he quitado hojas secas y he arrancado malas hierbas.
Estuve ocupado gran parte de la mañana del viernes y un rato por la tarde (con la colaboración inestimable de mi hijo que hacía todo menos lo que debía de hacer, hasta que lo puse a pintar con agua y una brocha pequeña los peldaños de la escalera).
En mi patio hay flora, es de Perogrullo, pero también fauna. Los pajarillos, ya lo he comentado alguna vez, nos visitan muy a menudo (no sólo porque sigo sacudiendo las migajas del mantel sino porque es el patio con más vegetación de los alrededores). También hay salamanquesas. El otro día regando vi una pequeña. ¿Dónde está tu madre?, le dije. Pero salió corriendo. En la otra esquina saltó una enorme que me miraba guardando las distancias, como los buenos conductores.
Los rosales tenían orugas que, creo, ya las he erradicado, con la poda y un liquidillo que le pulvericé que se ve que no les gusta. También hay hormigas. Ahora pocas, porque están hibernando (sí, como los osos). Alguna mariquita tan pequeña que no sé si es de cinco o siete puntos. Y bastantes insectos, que van y vienen pululando de flor en flor, completan la escena.
Hay quien habla con las plantas. Hay hasta quien le canta. Yo las miro, sólo las miro y las riego y las cuido como puedo.
Las margaritas van a salir ya mismo; los patos se han recuperado y puede que echen flores este otoño (como la foto de hace unos años); el laurel parece que está enfermo; no hay quien haga carrera con la hierbabuena...
Algunas se secan, otras vuelven a brotar; unas cambian otras piden sol o agua, más o menos... Pero lo que más pena me ha dado es la muerte de la encina. La tenemos desde que era un breve esqueje en un plantón, un saquito de tierra (que era como los paquetes de pipas de a duro de antes de antes). Era un inmaduro que vino con su hermano gemelo que no duró la cuarentena.
Pero este llevaba alzándose, muy lentamente, como hacen los quercus, desde hace seis o siete años. Ahora que tenía una bellota (proyecto de bellota) no ha resistido más los rigores del verano y el posible descuido involuntario.
Sin embargo es bello. Así, inerte y sepia, despide una dignidad antediluviana. Parece que dice: mi familia constituye el bosque mediterráneo por antonomasia. Y a mí se me cae una lágrima.
El otro día, día de gloria, por su base vuelve a brotar. Es fuerte como la encina que es. Y yo ya había tirado la toalla y lo veía bañado de purpurina plata, adornando la entrada de la casa esta Navidad, con fruto incipiente y todo.
18/10/2007
Los posentos

No busquéis la palabra en el diccionario que no existe. Simplemente es la palabra que emplea mi niño para definir los útiles de guerrear y defenderse, los juguetes bélicos, por llamarlos de alguna forma.
Como todo padre comprometido, desde un principio, quise alejarlo de esos juguetes, de esos juegos, de los pensamientos violentos. Pero es inútil. Quien sea padre, madre o educador, verá la imposibilidad de impedir que su hijo, su pupilo o educando, se vea completamente alejado de esos objetos.
No, viviendo donde vivimos. El mundo es así. La televisión, el cine, los dibujos, los cuentos, los amigos, el cole, la calle... todo está lleno de violencia y, no sólo es inútil evitarlo, sino que también creo que es contraproducente darle la espalda.
El niño juega a lo que ve. Imita a sus mayores y remeda a sus héroes de papel y de celuloide. Y, estos modelos, sin más, pelean, luchan y gritan.
Lo que intentamos es que no le dé más importancia que a los coches, a los cuentos, a los columpios, a la bici, al paseo, a las visitas, a los primos, a los abuelos...
Comentarle lo bueno y lo malo de cada juguete, de cada situación, de cada personaje... es imprescindible.
Y cuando le pregunto, Juan qué son los posentos. Muy serio él me responde: posentos nisifica (sic) las espadas, los cuchillos, los escudos, las pistolas... Y se queda tan ancho por haber explicado algo que papá no sabía.
19/10/2007
Lo que cuenta el siete (2)

Los antiguos identificaban en el cielo los siete planetas mayores a los que alcanza la vista en un día despejado o los rudimentarios artilugios de observación, que se identificaban con los siete dioses principales (Saturno, Júpiter, Neptuno, Platón, Venus, Marte y Mercurio). Planetas que, indiscutiblemente, influyen sobre la Tierra y todos los seres que la habitan. Corresponde igualmente a las siete direcciones del espacio (las seis existentes más el centro).
Los egipcios dividían la faz del cielo en siete partes. El cielo primitivo era, pues, séptuple. Gerald Massey decía que la primera forma del siete místico se veía figurada en el cielo por las siete estrellas de la Osa Mayor, la constelación asignada por los egipcios a la Madre del Tiempo y de los siete poderes elementales. La doctrina hermética, surgida en Egipto y difundida en la actualidad a través del libro “El Kybalión” se refiere a los siete principios del Universo (mentalismo, correspondencia, vibración, polaridad, ritmo, causa-efecto, y generación).
Allah, según la doctrina musulmana, a diferencia de otras religiones, no está en todas partes, sino en el cielo, sobre los siete cielos. En el Libro. “La inspiración del Glorioso” de Abdurrahman Ali Sheij, podemos leer, referido a Allah: Su esencia divina se encuentra sobre los siete cielos establecido sobre Su trono.
Quizá, por eso la expresión "estar el séptimo cielo", que es como estar en la Gloria, en el Paraíso, junto al Supremo.
Los herederos del saber de Hermes Trimegisto fueron los alquimistas del Medievo, que escondían sus conocimientos usando alegorías y símbolos, entre ellos los siete planetas místicos, que correspondían a siete metales (oro, plata, hierro, mercurio, cobre, plomo y estaño), que aparecen representados en el interior de la tierra, en la que se engendran, pero en el cielo están asociados al Sol, la Luna, Marte, Mercurio, Venus, Saturno y Júpiter, respectivamente.
Igualmente, los perfumes planetarios son siete, y corresponden a estos siete planetas que dirigen los días de la semana. Así, el perfume del Sol se quema en Domingo; el de la Luna, en lunes; el de Marte, en martes; el de Mercurio, en miércoles; el de Júpiter, el jueves; el de Venus, el viernes; y el de Saturno, en sábado. Afirmaban también que todo proviene del éter y sus siete naturalezas.
El musulmán Mirza Murad Ali Ber afirmaba que en el verdadero hombre hay realmente siete hombres. En la mayoría de las tradiciones esotéricas post-blavatskianas encontramos a este hombre septenario.
En oriente existen Siete Dioses de la Buena Suerte (en japonés, Shichi-fuku-jin), grupo de deidades niponas consideradas, en la tradición, como portadoras de buena fortuna, salud y larga vida. Su culto se popularizó a partir del siglo XV y proceden del mismo Japón, de China o de la India.
Estos dioses son: Ebisu, dios sinto de la pesca y del comercio, que siempre lleva el besugo de la buena suerte; Daikoku, dios budista-sintoísta de la salud y de la agricultura, que suele portar una bolsa de arroz y una vara mágica que concede los deseos; Bishamon, deidad guardiana budista y dios de la buena suerte, por lo general protegido con armadura; Benzaiten (o Benten), diosa budista del agua, la música y la salud, que toca el laúd; Hotei, monje chino Zen y tripudo que otorga la buena suerte; Fukurokuju, divinidad china de gran cabeza y que concede la longevidad, y Jurojin, sabio chino y, como el anterior, dios de la larga vida, al que con frecuencia acompaña un ciervo.
22/10/2007
El Albaycín sin el Albaycín

Con veinte ediciones a las espaldas, la Noche Flamenca del Albaycín cambia su ubicación. Del monte baja al llano, de la plaza albaycinera de siempre, se traslada al Palacio de Congresos. Del trasiego informal y obligado de la noche flamenca, pasa al formalismo de la butaca organizada.
También, su fecha de realización se aplaza un mes, lo que hubiera impedido la actuación bajo las estrellas. ¿Cambios acomodaticios de los nuevos tiempos; intento de formalizar un festival de tal prestigio; o necesidad de controlar el aforo y las ventas? Posiblemente esto último es lo que ha decidido a los organizadores a buscar el refugio controlado del Palacio a pesar de haber perdido autenticidad y sabor. Ya que el pasado año se falsificaron entradas y buena parte de los asistentes accedieron al recinto por cauces incontrolados.
Por otra parte, el festival se ha desglosado en dos partes, la de anteayer y la del próximo viernes 26, evidenciando sabiamente que un festival continuado se alarga hasta altas horas de la noche. En dos sesiones, este espectáculo es más llevadero. Otras dos características determinan este festival. La apuesta por el flamenco local, lo que siempre ha llevado por enseña, y la preeminencia del baile en esta ocasión. Seis bailaores en total. Dos en esta velada y cuatro en el próximo encuentro.
Antonio Canales, como cabeza de cartel, hizo lo que pudo, ya bien poco. Demostró sin embargo, con su apunte por seguiriyas y por soleares, cómo se puede vivir del cuento, de la memoria histórica, que ahora está tan de moda. Sus silencios son excesivos, sus poses innecesarias y sus zapateados, zapatazos. Con todo y con eso, quien tuvo retuvo, y momentos lúcidos y el poder popular no se los quita nadie.
Lo mejor de la noche fue sin duda Patricia Guerrero y el desparpajo de su baile por tangos con una amplia introducción por levante. Una gozada. Patricia es fina y elegante, una bailaora muy completa y estudiosa. Se sitúa en la órbita independiente que la alzará, no sólo a un lugar entre las grandes, sino a una artista única. Es criticable sin embargo un vestido negro para un baile de fiesta y el remate de los tangos granadinos con el “yeli, yeli” de la Repompa.
Aparte de esto, me quedo con momentos puntuales. Firmo por la soleá de Frijones que interpretó Manuel Torres, el Niño de Osuna. Pongo la mano en el fuego con Pinilla por levante y por todo Mariano, el tocaor que lo arropa. Y me rindo con los martinetes de Sergio Colorao, quien no llegó nunca a entenderse con la guitarra de Rafalín Habichuela.
* EN LA FOTO: Patricia Guerrero, ganadora de El Desplante, Primer Premio de Baile en el Festival de las Minas de La Unión
23/10/2007
La Platería comienza la temporada

La Platería, decana de todas las peñas, comenzó el sábado las actividades flamencas de este curso 2007-2008 con una muestra, tan parca como eficaz, del cante de raíz de Diego Clavel y la sensibilidad de la sonanta del granadino Ramón del Paso. Con nuevos propósitos y con Miguel Clavero, que se estrenó como presidente, dio comienzo una velada, que no sólo sirvió para inaugurar su ciclo de recitales, sino que, el cante ortodoxo de Clavel, sirvió como seña de identidad, como emblema de seriedad y resguardo del flamenco tradicional.
Diego Clavel, lo he expresado en otras ocasiones, es un cantaor de pequeño foro. Se crece en los teatros y, sobre todo, en las peñas. Es un cantaor de cuartito, al que le gusta explicar sus cantes y repasar de camino la historia de sus mayores. Ramón del Paso a la guitarra fue un derroche de buen gusto que el mismo cantaor reconoció, aunque en ocasiones tuvo que frenarlo un poco.
El artista de Puebla de Cazalla fue generoso en su entrega con dos partes de cinco cantes cada una. Comenzó templándose con el polo, que, como la caña, él lo canta entre soleá apolá. Siguió con cantiñas, el único palo festero de la velada. Después vinieron tientos y soleá de Utretra. Remató esta primera parte haciendo alarde de sus facultades en unas granaínas, que llamó grande y chica, en vez de media.
En la segunda parte, más desdibujada que la primera, Diego comenzó con serranas, para pasar a las malagueñas, rematadas por fandangos de Juan Breva, las marianas, la soleá de Alcalá y las seguiriyas.
El próximo sábado, 27 de octubre, se le impondrá la Insignia de Oro de la Peña de La Platería a Juan Pinilla y a Patricia Guerrero, ganadores de la Lámpara Minera y El Desplante respectivamente, en el concurso de Las Minas de La Unión. La misma distinción se le otorgará a Fuensanta La Moneta, que también ganó El Desplante en 2003 y a Sergio Gómez, merecedor de dos distinciones en Murcia este mismo año. Las actividades de esta Peña, por la cantidad de socios que acoge, generalmente son a puerta cerrada.
* EN LA FOTO: Diego Clavel
24/10/2007
Maratón

Una de las virtudes de la industria cinematográfica americana es el poder de seducción en gran parte de sus seguidores, que es como decir, en su influencia mundial. Sus propuestas fílmicas, las grandes producciones, vienen acompañadas de un importante mercado temático.
El merchandising que viene aparejado a las propuestas más punteras de Hollywood, la publicidad y todo el espíritu que las rodea, hace que nos interesemos, aunque sea puntualmente, temporalmente, efímeramente, por los dinosaurios, por la vida extraterrestre o por pasajes de nuestra historia.
En la actualidad, a través de la película "300", estamos más familiarizados con las Guerras Médicas, entre el Imperio Persa y algunas de las ciudades-estado griegas, durante el siglo V a.C., que con nuestra Guerra Incivil.
"300" recrea, como sabemos, la batalla de la Termópilas, pero, a lo largo de 10 años, se desarrollaron algunas más con resultados dispares, como la de Salamina o la de Platea.
El primero de estos enfrentamientos fue en Maratón, que tiene una historia conmovedora. Su origen se encuentra en la gesta del soldado griego Filípides, quien en el año 490 a.C. murió de agotamiento tras correr unos 40 km desde Marathon hasta Atenas para anunciar la victoria sobre el ejército persa. En honor a esta hazaña, se creó una competición con el nombre de "maratón".
Pero el maratón, para información general, es masculino y siempre ha sido masculino. La moda de escribir "la maratón" que veo y oigo casi diariamente en los noticiarios, es una discordancia de género. Se admitiría si anteponemos la palabra 'carrera' a maratón, por ejemplo. Así: la carrera maratón.
Lázaro Carreter escribía al respecto: "La veleidad flexiva patente en el Maja desnudo también produce miasmas cerebrales entre nosotros, que dan origen a las antípodas o la maratón, feminizando el masculino con singular violencia de género".
* EN LA FOTO: final desenfadado del XVI Medio Maratón naturista en Argentina en 2005 (permitanme la licencia).
26/10/2007
Lo que cuenta el siete (3)

Siete eran las artes liberales, que desde la época medieval, han llegado hasta nosotros, discutidas por Marco Terencio Varrón en el siglo I o durante los siglos V al VII, en especial por los trabajos del escritor latino Mariano Capell, el historiador romano Flavio Magno Aurelio Casiodoro y el estudioso español san Isidoro de Sevilla. Estas artes eran gramática, lógica, retórica, geometría, aritmética, astronomía y música. Ahora se conoce al cine como “séptimo arte”.
Por cierto, que los romanos estuvieron en la Península siete siglos.
Siete son las Maravillas del Mundo Antiguo (las Pirámides de Egipto, los jardines colgantes de Babilonia, la estatua de Zeus en Olimpia, el Artemision de Éfeso, el Mausoleo de Halicarnaso, el Coloso de Rodas y el Faro de Alejandría), obras que aún, en la actualidad, nada las ha superado, aunque a lo largo de los tiempos –recuerda el historiador Federico Lara Peinado– se han difundido listados, tanto en época latina como en el Renacimiento o el Barroco, eliminando algunas de estas maravillas canónicas o intentando añadir una octava a esta relación, como es el Coliseo de Roma, Santa Sofía de Constantinopla, la Gran Muralla china o El Escorial.
En el organismo existen siete plexos vitales (sacro, prostático, solar, cardíaco, laríngeo, cavernoso y coronario), que corresponden a su vez a siete órganos o glándulas (coxis, próstata, región del ombligo, corazón, tiroides, pituitaria y pineal) y que deben cultivarse buscando la perfección espiritual, ya que hay siete virtudes contra las cuales se enfrentan siete vicios o pecados capitales (avaricia, lujuria, ira, gula, soberbia, pereza y envidia).
Siete son los países que se hermanan en la tradición y el espíritu celtas: Irlanda, Escocia, la Isla de Man, el País de Gales, Cornuailles, la Bretaña francesa y Galicia.
Siete son los sacramentos de la Iglesia (Bautismo, Confirmación, Penitencia, Comunión, Extremaunción, Orden Sacerdotal y Matrimonio). Siete son las Virtudes, divididas en tres teologales (Fe, Esperanza y Caridad) y cuatro cardinales (Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza). Los dones del Espíritu Santo, que Él mismo se digna infundir en nuestras almas cuando penetra en ellas por gracia vivificante (Misal Breve y Devocionario, 1949), son: sabiduría, entendimiento, ciencia, consejo, fortaleza, piedad y temor de Dios.
Siete son los cabritillos del cuento, cada cual más grande y más fuerte, que acabaron con la gula del lobo. Siete los enanitos que hicieron realidad las fantasías de Blancanieves. El gato tiene siete vidas. Y las botas del cuento avanzan siete leguas.
A las siete horas del recién nacido, se sabe si el niño vivirá o no, y a los siete días se le cae el cordón umbilical.
29/10/2007
El Palacio en llamas

Posiblemente provocado porque prendió con cuatro focos distintos, el Palacio de Congresos de Granada ardió sin tregua la noche del viernes. Los asistentes, lejos de intentar extinguir las llamas, echaron más leña al fuego.
Desdoblada y en escenario distinto, la Noche Flamenca del Albaycín, se cubrió de gloria, acertó de lleno, programando, en el segundo y último día de su festival, sólo baile. No un baile genérico de amplias propuestas, sino una forma muy concreta de concebir la plasticidad del flamenco. Un baile de equilibrio y fuerza, de raíz y sentimiento. Tan varonil y quebrado que se podría calificar como ‘baile macho’, que distingue en particular a la saga de los Farruco. No en vano, el baile fue pura exhibición, derroche de energías, fuerza bruta, ejercicios circenses. Más difícil todavía.
Para empezar, una rueda de martinetes sirvió como originalísima presentación de los cuatro bailaores. En escena, con sus cuadros íntegros, unos treinta flamencos, se fueron pasando el testigo de izquierda a derecha. Primero Juan Andrés Maya, seguido de Juan de Juan, después Luis de Luis y, para acabar, Farruco. Desde este primer momento advertimos que no hay tanta diferencia entre estos bailaores. Navegan en la misma onda. El juego de pies es su credencial.
Tras este apoteósico preámbulo, que pareció fin de fiestas, por su pura fuerza, los primeros músicos interpretaron unos tangos, mientras Luis de Luis se preparaba para las seguiriyas. Como si fuera una continuación de la primera parte, comenzó con el martinete. A pesar de ser el bailaor más humilde de la velada, fue el más redondo y convincente. Sus desplantes y patadas inacabadas pueden ser sobresalientes.
Los brazos de Juan de Juan son los más evidentes del grupo, que se arrancó por bulerías. Su zapateado es digno de elogio, aunque sus silencios y la búsqueda del aplauso continuo, difuminaran su entrega. Juan fue quien llevó el cuadro más completo. Dos guitarras, un violín y nada menos que cinco cantaores detrás.
Juan Andrés Maya sigue creciendo en su tierra. Una vez más baila para sus seguidores, baila para su gente, que posiblemente era todo el teatro. Es el más histriónico. Su baile, en cambio, tiene un aplomo especial. Se siente seguro y admirado. No sorprende. Es lo que se espera del patriarca de los Maya y así lo entiende y así se ofrece. Las seguiriyas son agradecidas para este bailaor, que propone empezar por milongas y rematar con jaleos y fiesta.
Farruco, indiscutible cabeza de cartel, asombrosamente baila alegrías, un baile en principio femenino que es acogido últimamente por los hombres por su versatilidad y posibilidades. Farruco tiene el sello familiar, es elegante, serio, preciso. Su baile está lleno de remates. Carece de esfericidad, pero cautiva con su arrebato.
Al final, un poquito por bulerías, con los artistas que quedan, sirve para despedir esta noche memorable de propuestas quizá demasiado largas y problemas puntuales de sonido. Un público, lleno de flamencos, lleno de amigos, lleno de vecinos, se volcó con los bailaores. Y, por último, pienso que los artistas locales convencieron más que los foráneos.
* Farruco en la foto
30/10/2007
¿Se lo envuelvo o se lo lleva puesto?

Cuando yo era pequeño (y ahora también), en determinadas tiendas, sobre todo de ropa y zapaterías, cuando comprabas algo, era muy habitual la pregunta: ¿Se lo envuelvo o se lo lleva puesto?
Muchas veces esa pregunta respondía a la precariedad de la vida, comprabas unos zapatos cuando los otros (los únicos) estaban destrozados (tuve conocimiento de una familia en México con varios niños que acudían al colegio cada día uno de ellos porque en la familia sólo tenían un par de zapatos).
Adquirías un abrigo cuando el otro (el único) se había quedado pequeño (lo había heredado tu hermano) o estaba ajado o simplemente no existía. (Gila contaba lo que podría ser un chiste: "¿No tiene usted frío? Y, contestaba el otro: Para qué, no tengo abrigo)".
Entonces, ante la preguntita de la dependienta o del dependiente, era normal tener la respuesta adecuada según la situación del comprador o su destino (muchas veces se renovaban estas prendas justamente para acudir a algún acontecimiento: ir al médico, a una comunión, etc.).
(Mi madre decía que llevarse las cosas puestas de la tienda era de catetos.)
Este fin de semana hemos estado en el pueblo de mis padres y, sabiendo que mi tío tiene una pequeña bodega personal (lo que da la tierra), le pedimos algo de vino para consumo propio.
Él, como esos viejos dependientes, nos dijo: "Os podéis llevar lo que queráis, pero os lo tenéis que llevar puesto".
31/10/2007
Sirenas

Al hombre se le desbordó la imaginación y concibió la Sirena. Si admitimos con Borges que el Centauro es la criatura más armoniosa de la zoología fantástica, convendréis conmigo en que la Sirena es como poco la creación más sensual y misteriosa del panorama de invenciones míticas.
La sirena puede ser una utopía o de una realidad tan feroz que puede doler. Engendra tanto el mal como la inocencia, a semejanza de ese ser entre angelical y demoníaco a quien Nabokov denominó nínfula y le dio el nombre de 'Lolita' por los siglos de los siglos.
Quién no ha estado enamorado de 'Lolita'. Quién no ha albergado en su cabeza el sueño de las sirenas. Quién no ha sentido en el corazón el pálpito de su húmedo amor.
Mi encuentro con sirenas siempre ha sido fortuito (en una lectura, en un sueño, ancoradas en las rocas o amando mar adentro), nunca he decidido ir en su busca ni ellas se me han aparecido a conciencia.
Desde pequeño, antes de tener razón de uso, me han fascinado esos seres mitad pez mitad mujer desnuda (la desnudez es un apelativo inseparable de la sirena). Hasta la cintura es una bella mujer, de rostro verdoso, según la leyenda de San Brandao (o Brandán), y de cintura hacia abajo es un pez (aunque Rene Magritte, en 1934, la concibiera al contrario: un pez con piernas y sexo femeninos).
Con el tiempo, las sirenas se sobreponen a la imaginación y trascienden al plano de lo real y de lo palpable (es un decir). Aunque su presencia, si acaso, está asociada a otras sales, a costas abruptas, a países lejanos, a mares por descubrir.
Las sirenas pueden entrar en el mismo saco (¿invisible?) que las brujas, que el caballo alado o que el noctámbulo vampiro. Al crecer, cuando se logra la estúpida sensated de la edad madura, estos seres se esfuman de nuestra conciencia lógica y caen de lleno, sin poderlo remediar, en un plano hagiográfico, donde permanen por mucho tiempo, quizás toda la vida.
Ahora, sin embargo, estoy convencido de su existencia. Si en el globo se mueven seres como el ornitorrinco, el pez espada o el oso homiguero, por qué no va a existir la sirena.
* EN LA FOTO: sirena en el puerto de Copenague

