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Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2014.

El juego del cótabo

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Tras la cena, en la antigua Grecia, se pasaba al simposio (‘bebida en común’ o ‘reunión de bebedores’), lo que se conocía como el banquete propiamente.

Los invitados, engalanados y perfumados ad hoc, coronados con mirto y flores, entraban al andrón (‘sala de los hombres’), vetado a las mujeres libres, y se recostaban sobre divanes dispuestos alrededor de las paredes para conversar y exponer la cultura de cada uno, con ese punto de vanidad que tenemos los humanos, olvidándose de los asuntos serios. Era un ambiente de gozo y alegría, donde la bebida era el hilo conductor (había una máxima que rezaba “Bebe o retírate”).

Estas libaciones daban lugar a un juego llamado cótabo, que consistía, una vez acabada la jarra, darle vueltas con un dedo por el asa lanzando los restos de vino hacia un blanco fijado previamente a la vez que se pronunciaba el nombre de la persona amada.

La Wikipedia, que sabe casi todo (hasta lo incierto), lo explica así: “Tendido en el diván, apoyándose con el brazo izquierdo en un cojín, se levantaba la copa introduciendo el índice verticalmente en una de las asas. Con un leve movimiento de muñeca, se hacía volcar la copa (con la mano por encima del hombro) de manera que el vino salía disparado y se dirigía directamente hacia el blanco. Éste consistía normalmente en una tapadera de bronce que se balanceaba en precario equilibrio al extremo de una barra de bronce sobre un pedestal. El platillo plano caía movido por las gotas de vino y en su bajada tocaba un plato más grande de bronce fijado a la barra: al chocar se producía un tintineo y por lo que parece lo importante era el ruidito”.

Se cuenta que, en cierta ocasión, un ateniense, del que lamentablemente no conozco el nombre, condenado a la pena capital por el mismo procedimiento que se le brindó a Sócrates, esto es, tomándose un vaso de cicuta hasta el fondo, sin rechistar, hizo gala de su serenidad jugando con los restos del veneno al cótabo y pronunciando: “por el bello Cristias”, que era precisamente la persona que lo había sentenciado a muerte.

* Banquete griego, fresco de la Necrópolis sur de Posidonia, Campania, Italia (480 a.C).

Lunes, 08 de Septiembre de 2014 11:37 volandovengo #. Reflejos de un mundo paralelo No hay comentarios. Comentar.

El proceso de una idea

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Aún recuerdo cuando el profesor de lengua del último curso, esforzándose para encontrar frases dificultosas para analizar, nos sorprendió con una cita de El cuarto de atrás, de Carmen Martín Gaite, que yo ya había leído entre mis autores seleccionados de posguerra.

El texto se las veía entre sujetos, complementos y demás significantes, pero también con su significado. “Me quedo callada, qué difícil es contar todo esto sin hablar del prodigio principal, de que ella, después de muerta, sigue volando conmigo de la mano, es un poco espeluznante”.

Las palabras de Martín Gaite, que ahora casi recuerdo (aunque copio exactas del mismo libro), dormían en mi memoria como una concesión fantástica a la novela hiperrealista de aquella época, que, en cierta manera, entroncaba en mi imaginario privado con el realismo mágico de la novela sudamericana que en esos días me estaba desbordando.

Al tiempo, ya en este siglo, con la gran narradora acumulando polvo entre los autores de juventud, escribí un cuento breve, que quise incluir en la compilación En un pozo chico publicado en digital por la editorial TransBooks en 2013.

El relato se titula Lo que nos preocupa, y dice así: “No nos preocupa que el abuelo Francisco, con el tiempo, haya decidido salir todas las tardes en contra de sus hábitos. No nos preocupa que se tome una copa de aguardiente en un café del centro mientras compone poemas como un jovenzuelo. No nos preocupa que una vez por semana, el día del espectador, se asome a la pantalla de un cine tras guardar una cola indecorosa. Lo que nos preocupa es que el abuelo Francisco es abstemio y lleva dos años enterrado”.

Hoy leo, en El Crach-Up, de Francis Scott Fitzgerald, el siguiente texto, publicado en 1940 por su editor, poco después de su desaparición: “De vuelta a la sala de estar, reanudó su paseo; estaba paseando inconscientemente con su padre, el juez, muerto hacía ya treinta años; estaba paseando arriba y abajo por la habitación a su padre muerto”.

Miércoles, 10 de Septiembre de 2014 09:25 volandovengo #. Algunas cosas y demás verdades Hay 2 comentarios.


Hace demasiado calor

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No entiendo por qué quedó conmigo para mañana si sabía que no podía cumplir su compromiso. No vendrá mañana ni ningún otro día. No sé lo qué le he hecho; si tenía algo en contra mía. Yo que sólo lo he tratado bien desde que estamos juntos. Quizá no me quisiera. No quería a nadie en el fondo. Ni siquiera se quería él mismo. Pero yo sólo cuidé de él, le presté mi hombro cuando le hacía falta. Intentaba alegrarle sus días. Era depresivo, pero llegaba a arrancarle sonrisas. Se reía sinceramente conmigo. Yo estaba para lo que hiciera falta.

Recuerdo que bromeaba con la idea de quitarse de en medio. Cuando salíamos y se tomaba unas cuantas copas de más me decía que le gustaría acostarse y no despertar jamás. Pero nunca lo tomé en serio. Nadie lo tomaba en serio. Pensábamos que quien quisiera suicidarse realmente no hablaría de ello.

En el trabajo era eficaz. Aquí en la imprenta hacía lo que le mandaban. Con su mono azul grisáceo y sus puñetas crudas se pasaba el día de máquina en máquina poniéndolas a punto. Engrasando esta, echándoles tinta a las otras, apretando un tornillo por aquí, una tuerca por allá… Acababa hasta arriba de polvo y suciedad. No era muy hablador, pero se le veía contento. Parecía que ese era su mundo.

Es un suicidio muy raro, como si quisiera estar seguro. Cuando entramos en su domicilio, el hombre se había ahorcado después de tomarse un puñado de barbitúricos suficientes para acabar con un elefante, y sus venas estaban abiertas en las muñecas. Me muero sí o sí, parece que pensaba. No le daba opción al milagro. La puerta estaba atrancada por dentro. No cabe ninguna duda que fue un suicidio, un triple suicidio. No se conoce el móvil, pero se encontró una nota que decía: “Hace demasiado calor”. ¿No es extraño?

Viernes, 12 de Septiembre de 2014 08:03 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Willie Piazza

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Tuve noticia de esta mulata de Nueva Orleáns por el cuento Jardines ocultos, que incluyó Truman Capote en su libro Música para camaleones. El periodista y escritor estadounidense recordaba a la alegre dama “vagando bajo la sombra de un parasol encarnado” y la define como “condesa Willie Piazza, propietaria de una de las más lujosas maisons de plaisir del barrio de las luces rojas [de Jackson Square, Nueva Orleáns]”.

Willie Vicente Piazza fue el fruto prohibido (nacida alrededor de 1865) del joven Vincent Piazza, hijo de inmigrantes italianos, y de Celia Caldwell, una negrita de Jackson, Mississippi.

Tras algunas vicisitudes, que no me interesan en este momento, Willie, a sus treinta años cumplidos, estableció casa de citas en el barrio de Storyville, dedicándose por entero al comercio sexual, en calidad de madame.

Como nota curiosa para la época, las mujeres que trabajaban en su burdel se conocían como octoroons, es decir, mulatas o cuarteronas con un marcado ascendente europeo y una genealogía ligeramente más blanca, que ejercían su poder erotizante para una clientela masculina exclusivamente blanca.

A pesar de la estricta segregación racial y las críticas de los reformistas, el lupanar de Piazza, un edificio en el 317 N. en Basin Street, la calle principal de Storyville, fue prosperado dentro del distrito, hasta convertirse en uno de los lugares más conocidos y de mayor de interés.

En vísperas de la Primera Guerra Mundial, los funcionarios federales quisieron clausurar todos los locales del distrito de Storyville (zona de prostitución tolerada) para proteger a los soldados de las infecciones venéreas, alegando además la necesidad de una limpieza racial. Piazza y otras mujeres de color (‘más de dos docenas’, comenta Alecia P. Long, de la Universidad Estatal de Louisiana) se resistieron a esta supuesta ley y presentaron una demanda, que llegó hasta la corte suprema del estado, de la que sorprendentemente salió victoriosa. Pero este triunfo duró poco. A finales de 1917, poco después de que se resolviera el caso, los funcionarios federales, por no sé qué sucias vías, obligaron a la ciudadanía a clausurar todas las casas de lenocinio.

Una de las especialidades de la mancebía de madame Piazza era el picacismo, que no es más que la ingestión de comidas aderezadas en órganos sexuales. Capote, en su texto, relata: “su casa era famosa por un exótico refresco que ofrecía: cerezas frescas hervidas en crema de leche, aderezadas con ajenjo y servidas en el interior de la vagina de una bella mulata recostada”.

Willie Piazza, con la fortuna acumulada en los tiempos de prosperidad, siguió viviendo en su propiedad Basin Street ‘de una manera tranquila, pero digna’. Compró un yate y navegó al Caribe y a otras costas. El 2 de noviembre de 1932, murió de cáncer en Nueva Orleans, ‘dejando tras de sí una finca sustancial’.

* EJ Bellocq, storyville retrato, alrededor de 1912.

Miércoles, 24 de Septiembre de 2014 10:17 volandovengo #. Reflejos de un mundo paralelo No hay comentarios. Comentar.

Huella dadaísta

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Guillermo era dadaísta, como yo en aquellos tiempos. Barajamos todas las corrientes de principios de siglo, cuando nos metimos de lleno en su estudio, y optamos por este absurdo revolucionario. La idea de ser irracionales era más una intención que una realidad. Escribimos manifiestos, alguno de ellos en papel rosa, pero me temo que sus anunciados se acercaban más a las filas de Breton que a las de Tzara. Por mucho que nos empeñásemos, nuestras creaciones gozaban más de un espíritu surrealista que dadá, y si analizamos, era el existencialismo (Kafka, Sastre, Camus, Unamuno).

Quisimos ponerle nombre a nuestro grupo, de exclusivamente dos personas. Para ello, escribimos cientos de posibles títulos en papeles recortados que quisimos tirar al aire y que, una nínfula (Nabokov) escogida al azar, atrapara alguno de ellos antes de caer al suelo. Así nos llamaríamos, como dictara el azahar. Nunca, sin embargo, llevamos a cabo esta acción que en cierta manera nos hermanaba con el movimiento padre, creado en Francia, a partir de escoger una palabra cualquiera en el diccionario. Salió dadá, como digo, que no es más que el balbuceo de un niño que aún no articula palabras (un bebé francés, se entiende).

Puede que mis extremos superaran la mente ordenada de Guillermo, pero de vez en vez aportaba alguna genialidad, como cuando me sorprendió con un cuaderno que lo principiaba un pequeño poema en su carátula y las tantas páginas que lo conformaban estaban repletas de posibles títulos que podían encabezar esa composición.

Era un mundo interno y privado que hacía las delicias de nuestros recreos y momentos de asueto, mientras paseábamos por las calles sacándole punta a todo lo que se nos cruzaba por el camino.

En una tienda, de esas de barrio en que se vende prácticamente de todo (antes de que estuvieran de moda los ‘todo a cien’), vimos en el escaparate un libro. Por más que indagamos a través del vidrio, el establecimiento no poseía más volúmenes para vender que ese ejemplar de la vida de Víctor Jara, recuerdo, llamado Un canto truncado, escrito por su viuda Joan Jara. Pensábamos que, al entrar en la tienda para adquirir la biografía, no había que especificar nada, simplemente decir: ¿me da el libro?, puesto que sólo vendía ese ejemplar de esa rareza.

La ocurrencia nos duró un tiempo, como expresión hilarante. Hasta que, sin saber cómo, se disolvió nuestra ‘sociedad’ de ideas vanguardistas. Cada uno por su lado seguiría metiéndole los dedos a la palabra.

* Marcel Duchamp, Mona Lisa con bigotes, 1919

Sábado, 27 de Septiembre de 2014 10:31 volandovengo #. Algunas cosas y demás verdades No hay comentarios. Comentar.

El dominio del tiempo

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Llevo dos, tres, días con la idea de un cuento que puede parecer una humorada (de hecho lo es), pero, en el fondo, redunda en uno de los temas que me obsesionan.

Resulta que en unas excavaciones realizadas en algún punto de nuestro solar andaluz por un grupo de experto arqueólogos y su voluntario alumnado de procedencia internacional sobre poco más o menos principios de siglo, pongamos 1910, han hallado en el séptimo estrato de un asentamiento continuo, unos restos determinantes de nuestros remotos y casi míticos antepasados fenicios o tartésicos (esos que escribían sus leyes en forma rimada) o, más lejos aún, las huellas indelebles de un poblado argárico.

Pues bien, después de algunas jornadas de minuciosa introspección con las azadillas y las brochas peinando la zona acotada, entre restos de cerámica, huesos varios y puntas de flecha, uno de los concienzudos profesores de reputada fama, encuentra erosionado, pero en buenas condiciones, un boli Bic de punta fina.

(Alternativa a esta conclusión anacrónica se me ocurre el descubrimiento de un cadáver, de un esqueleto hallado en una breve necrópolis de la época en posición fetal rico en ajuares, tanto a su alrededor como en su propio cuerpo. Así es dable que llevara gargantilla dorada y brazalete bruñido, quizás un anillo en una mano, pero que, al descubrirle el brazo izquierdo, también portara en la muñeca un reloj, no necesariamente digital.)

La interpretación quizá más ‘lógica’ podría ser que alguien de nuestro tiempo se hubiera transpuesto, él o el objeto antedicho, a aquel lugar (que puede ser el mismo en que estuviera) y a esa hora.

Se podrían pensar otras soluciones, como inventos futuristas, agujeros de gusano o alucinaciones colectivas. El caso es incidir en la anacronía que la perspectiva nos brinda. (Hace sesenta años, por poner, la idea del bolígrafo no podría habérsele ocurrido a nadie.)

Esto me remite a un cuento que publiqué en la compilación En un pozo chico, llamado El último día en que fue feliz, donde in inventor llega a dominar el tiempo para regresar una y otra vez al último momento agraciado de su vida. La idea estaba bien, en su planteamiento romántico no más, pero al desarrollo, reconozco, le faltaba veracidad en su argumento. Su conclusión, sin embargo, podía ser razonable: el momento al que volvía pendularmente aquel científico era el mismo, pero el hombre regresaba cada vez un poco más viejo.

Esto me recuerda a ese relato desesperanzador del etnólogo inglés, James George Frazer (1854-1941), Vivir para siempre, del primer tomo de Balder the Beautiful (recogido por Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo en Antología de la literatura fantástica, de 1977), que, como es breve, reproduzco a continuación:

“Otro relato, recogido cerca de Oldenburg, en el Ducado de Holstein, trata de una dama que comía y bebía alegremente y tenía cuanto puede anhelar el corazón, y que deseó vivir para siempre. En los primeros cien años todo fue bien, pero después empezó a encogerse y arrugarse, hasta que no pudo andar, ni estar de pie, ni comer ni beber. Pero tampoco podía morir. Al principio la alimentaban como si fuera una niñita, pero llegó a ser tan diminuta que la metieron en una botella de vidrio y la colgaron en la iglesia. Todavía está ahí, en la Iglesia de Santa María, en Lübeck. Es del tamaño de una rata, y una vez al año se mueve”.

* James George Frazer en la foto.

Martes, 30 de Septiembre de 2014 10:26 volandovengo #. Reflejos de un mundo paralelo Hay 4 comentarios.


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